El endemoniado
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Raúl Roldán García
La comarca de Las
Hurdes tenía su propio demonio.
Desde luego, a nadie le extrañó que Francisco San Martín, más
conocido como Paquito el Endemoniado, terminara siendo el terror de los
contornos en vista del final que tuvieron sus progenitores.
La memoria colectiva había olvidado voluntariamente los
nombres de aquella pareja de quinquilleros que, desde Ladrillar a Pinofranqueado
y desde Rebollosa a Ovejuela, acarreaban todo tipo de artilugios y mercancías en
su destartalado carromato. Cuando entraban a un pueblo él mostraba su género
mientras ella leía las manos o echaba los naipes. Nadie les apreciaba,
especialmente a ella, a la que temían, y tampoco causaba simpatías aquel mocoso
de apenas cinco años que, a cambio de unas monedas —y alguna que otra pedrada—
bailaba y cantaba mientras sus padres atendían sus propios negocios.
Cuando aquellos dos muchachos de Avellanar desaparecieron
muchos fruncieron el ceño. Y cuando días después aparecieron sus cuerpos
desollados y destripados junto a los restos de uno de los campamentos de los
quinquilleros, otros tantos asintieron al ver confirmadas sus sospechas.
La alguacilería local formó una partida de paisanos
encolerizados que rastreó la comarca hasta encontrarlos. No hubo juicio, tan
sólo sentencia. A él se limitaron a ahorcarle. A ella, a la bruja, la subieron a
una improvisada pila de leña y, como en los buenos tiempos de la Santa
Inquisición, la quemaron viva. Y con Paquito, aquel mocoso que les miraba sin
decir palabra y sin mediar llanto alguno… no supieron que hacer. Pensando que al
ser sólo un niño podría ser salvado del mal que le había rodeado toda su vida,
finalmente decidieron internarle en el Hospicio de San Martín, cercano a
Cambrón, para que las monjas que lo regentaban enderezasen su alma.
De los siete años que permaneció en el hospicio, sólo guardó
el muchacho recuerdos del hambre, las palizas que recibía y el apellido. Una
noche saltó los muros y se echó al monte, donde entró a formar parte de una
partida de salteadores de caminos.
Cinco años después Paquito regresó al Hospicio de San Martín,
pero ahora como jefe de la cuadrilla, y dispuesto a vengarse. Los pocos que
sobrevivieron a aquella mañana siempre temblaron al recordarla. Las monjas
fueron violadas y degolladas, todas menos la Superiora, a la que Paquito ordenó
quemar viva, vengando así a su madre. Muchos de los muchachos que allí vivían
fueron también pasados por las armas. Otros, los más mayores, se unieron al
grupo. Después, tras saquear todo cuanto pudieron llevarse, prendieron fuego al
hospicio, del que no quedó piedra sobre piedra.
Allí nació la leyenda del Endemoniado, pues así comenzaron a
llamarle a partir de ese momento, y era fácil reconocerle allí donde estuviera,
pues siempre llevaba al cuello un pequeño rosario de plata que había pertenecido
a la Superiora. Desde allí podía seguirse su paso por un camino de sangre y
destrucción que asoló la comarca, pues ya no se dedicó la banda a asaltar
caminos, sino a saquear aldeas y pueblos, a asesinar campesinos, y a incendiar
casas de campo. No era ya el hambre lo que les movía, sino el odio.
Después de dos años en los que la alguacilería local se vio
desbordada por la banda del Endemoniado, pidieron ayuda a la Capital. Desde
Madrid llegaron refuerzos y en dos ocasiones se formaron partidas para tratar de
detener a aquellos bandoleros, mas ambas terminaron en fracaso, pues a pesar del
odio que la gente sentía por Paquito, éste parecía tener oídos en todas partes y
conocía los caminos y los montes como nadie.
Luego, llegaron a la comarca los ecos de otros demonios
llegados de fuera, demonios mandados por aquel Bonaparte que era emperador en
Francia y que se habían apoderado de casi toda España. Y aunque pocos franceses
vieron por aquellas tierras, tan lejanas de los caminos principales, las
noticias que llegaban de todas partes sirvieron para que la banda de Paquito el
Endemoniado quedara relegada en el odio y el miedo de todos a un segundo plano.
La noticia de la llegada de aquel viajero corrió como la
pólvora por toda la comarca. No todos los días, y menos en aquellos tiempos
peligrosos que se vivían, llegaba de la capital un muchacho tan apuesto, tan
elegante, tan refinado y culto a aquellas tierras perdidas de la mano de Dios. Y
mucho menos, llegaba preguntando por Francisco San Martín.
Bien claro dejó desde el principio cuales eran sus
intenciones. Traía un mensaje para el Endemoniado y permanecería en la posada de
Nuñomoral hasta haber conseguido su propósito. Lo dijo a todo el mundo que quiso
escucharlo, aunque muchos de los que lo hicieron se santiguaron y temblaron ante
la sola mención de aquel nombre. Todos pensaron que aquel muchacho, de tan
buenas y distinguidas maneras, no saldría vivo de Las Hurdes.
Por ello a nadie le extrañó que una mañana su aposento en la
posada de Nuñomoral amaneciera desierto, aunque las cosas del muchacho aún
estuvieron en ella. El posadero dijo no haber escuchado nada ni saber nada del
tema, aunque lo cierto es que bien había visto él por una rendija de su puerta
como de noche cerrada dos o tres hombres entraban por la ventana de la planta
baja y sacaban al muchacho de la cama a punta de pistola. Todos le dieron por
muerto y se limitaron a rezar una oración por su alma.
Pero si extrañeza había causado la llegada de aquel caballero
entre los vecinos, no menos causó a Paquito el Endemoniado y los suyos. Por
ello, en lugar de matarlo, como todos pensaban, lo subieron con los ojos
vendados a un caballo y le tuvieron dando vueltas por los montes de la comarca
hasta que el alba estuvo próxima a asomar. Sólo entonces, le llevaron a uno de
los muchos refugios que utilizaba la banda, donde el Endemoniado esperaba.
En la oscuridad de la madriguera, y apuntado por no menos de
tres arcabuces, le quitaron la venda. El hombre que le miraba frente a él
preguntó:
—¿Me buscabas?
Con sólo ver el rosario colgado de su cuello, supo el
caballero ante quien estaba, y sin más preámbulos habló:
—Soy el alférez Santiago Olaz, del Quinto Cuerpo de Dragones,
y he recorrido un largo camino para encontrarme con vos. Traigo un mensaje de la
Junta Central que os conviene escuchar.
—¿La Junta Central? ¿Son ese hatajo de cabrones que ha
sustituido al rey?
—Son un puñado de patriotas que defienden la libertad frente
a la tiranía de los franceses.
—Conmovedor. ¿Y qué desean tan ilustres caballeros de un ser
despreciable como yo?
—Que ayudéis a la causa.
—La causa, ¿qué causa? ¿Dices, tal vez, su causa?
—La causa de todo español que se precie de serlo.
El Endemoniado sonrío socarronamente.
—¿Qué te hace pensar que yo y los míos nos sentimos
españoles? ¿Acaso España nos ha dado algo para que le debamos lealtad?
—Lo cierto es que desconozco los detalles de su vida y no me
interesan. Ni sé que os ha dado España, ni sé qué es lo que os ha quitado —el
alférez permaneció impasible ante el revuelo que sus palabras causaron en los
reunidos—. Tan sólo sé que por esta vez el destino quiere que vuestra causa y la
de España sean una sola.
—¿Acaso sabes cuál es nuestra causa? —preguntó el bandolero.
—¿Dinero, tal vez?
El Endemoniado sonrió.
—Tal vez nos conoces mejor de lo que dices. Esta bien, ¿cuál
es el mensaje que tus amigos te han encargado darme?
El alférez Olaz tuvo que hacer una detallada síntesis para
ponerles en situación. Tras la llegada del propio Napoleón a la Península para
reforzar a su hermano, el usurpador José Bonaparte, las fuerzas españolas se
habían visto obligadas a retroceder y defenderse. La Junta Central había tenido
que abandonar Sevilla tras cruzar el Emperador Despeñaperros y refugiarse en
Cádiz, donde estaba sitiada desde hacía meses, resistiendo la plaza
heroicamente.
Pero Napoleón no tenía la situación bajo control ni muchos
menos. En todas partes surgían los patriotas. De todos lados aparecían ejércitos
y bandas dispuestas a patearle el trasero a los franceses y sus mariscales se
veían impotentes para cubrir todos los frentes que los españoles abrían día a
día. Era cuestión de tiempo que la situación se escapara de su control y las
tornas se volvieran, recobrando la iniciativa los que luchaban por la libertad,
Ahora, la Junta había pensado dar un golpe más a los
invasores. Un golpe moral en la parte más vulnerable de su estructura: la tropa.
Gracias a los desvelos de algunos buenos patriotas que
operaban valientemente en torno a José Bonaparte, se había sabido que un convoy
partiría en breve desde Madrid para entregar a los sitiadores de Cádiz la
soldada anual. Al parecer, los jerifaltes franceses esperaban, no sin razón, que
el camino que el convoy tendría que recorrer sería duro y peligroso. En toda
Sierra Morena operaban no menos de veinte bandas de guerrilleros, perfectamente
entrenados y dispuestos a atajar dicho convoy. Por ello, Bonaparte y los suyos
habían ideado un plan alternativo: un convoy cruzaría, efectivamente,
Despeñaperros, mas sin dinero, porque el oro para pagar a los soldados saldría
en un segundo convoy que tomaría un camino alternativo, más largo, pero también
más seguro. Y ese camino pasaba directamente por la comarca de Las Hurdes.
La Junta Central pedía a Paquito el Endemoniado y los suyos
que hiciera lo posible por impedir el paso de aquel convoy y, a ser posible, que
se hiciera con el oro. De esta manera, los soldados que cercaban Cádiz sufrirían
un golpe moral que sin duda beneficiaría los intereses de los patriotas y que
tal vez fuera el detonante que cambiara el curso de la guerra. Como pago de sus
servicios a España, la banda recibiría, en caso de apoderarse del oro, un cuarto
de cuanto hubiera. En caso de no poder hacerse con el oro, pero impedir el paso
del convoy, le sería entregado a cada uno de los que participaran en las
operaciones cien mil reales de las arcas de la Junta.
—Y vos, ¿cuál será vuestra recompensa? —preguntó el
Endemoniado al alférez.
—Yo estaré pagado con la derrota de nuestro enemigo
—respondió el militar.
—Si, conmovedor, realmente conmovedor.
La emboscada tuvo lugar no lejos de Arrolobos, en el lugar en
que el camino atravesaba el río Hurdano sobre un destartalado puente de madera
cuyos tablones podridos no ofrecían muchas garantías.
El convoy francés estaba compuesto por dos carros tirados por
caballos e iba escoltado por una guarnición de cien lanceros.
El puente era estrecho y el paso de los carros se hizo lento,
por lo que el comandante francés apostó a la mitad de sus hombres a cada lado
del río mientras los hombres encargados de los carros se afanaban en vadearlo.
Fue entonces cuando sonó el primer disparo y el jefe de la
guarnición cayó al suelo fulminado. Luego, la calma del atardecer reventó en un
pandemonio de arcabuzazos y gritos de miedo. Los franceses, desconcertados,
trataban de encontrar el lugar del que provenía la agresión sin conseguirlo. Los
más listos, desmontaron de sus caballos y se pusieron a cubierto, pero la
mayoría de ellos se dejó llevar por la confusión. Trataban de repeler a unos
enemigos que no podían ver, y en su empeño, maniobraban sus monturas
desesperadamente, chocando unos con otros, partiendo sus lanzas contra el suelo
o contra las corazas de sus propios compañeros. Nadie era capaz de poner orden
en aquel revuelo, aunque muchos gritaban órdenes y consejos que se confundían
con los gritos de miedo.
Fue entonces, cuando no menos de veinte de ellos yacían
muertos o heridos, cuando comenzaron a aparecer de todas partes hombres armados
con navajas, con azadones, con lanzas o guadañas. Salían de las alamedas
cercanas, de las piedras que había junto al río…, hasta de debajo del puente
aparecían, y caían como locos gritando contra los asustados franceses. No había
forma de saber cuantos eran.
Todos ellos venían vestidos con ropas de campesinos o
pastores, todos excepto uno, un joven que traía el uniforme de oficial del
ejército español, y que, gritando consignas a los demás, fue de los primeros en
lanzarse al cuerpo a cuerpo.
Desde las casas cercanas, desde las chozas de los pastores,
desde los campos de cultivo, aquella algarabía fue perfectamente audible. Los
que la escucharon sintieron un terrible pavor y corrieron a buscar refugio
dentro de sus casas, o detrás de una roca, o encima de un árbol. Largos minutos
duraron los gritos, los disparos, los relinchos asustados de los caballos…
Luego, igual de bruscamente que habían comenzado, terminaron.
No fue sino al cabo de una hora larga después, que alguno de
los más osados se atrevió a acercarse para ver qué había sucedido.
La escena que encontraron en el puente les heló la sangre.
Decenas de cadáveres yacían al sol de la tarde, tiñendo de sangre el camino y el
río. Franceses mezclados con españoles. Otros agonizaban lentamente, con apenas
un hilo de vida ya en sus cuerpos. Los había que lanzaban quejidos lastimeros,
mientras se arrastraban buscando un lugar donde morir.
Ambos carros aún estaban sobre el puente, con sus cargas
intactas.
Realmente era difícil saber si alguien había sobrevivido a
aquella escaramuza, y si lo habían hecho, desde luego había sido huyendo del
lugar y dejando abandonado a su suerte al motivo de la disputa.
Muchos de los españoles muertos fueron reconocidos enseguida
por los paisanos. La banda de Francisco San Martín al completo parecía haber
caído. El propio Paquito el endemoniado fue encontrado con la cara destrozada,
una lanza clavada en el costado y una herida de espada en la espalda. A su
alrededor yacía un buen número de soldados franceses.
Del que no hallaron ni rastro fue del muchacho de la capital,
claro que a esas alturas nadie esperaba encontrarlo con vida, después de
desafiar públicamente al endemoniado.
Dado que poco sabían de la identidad de los cadáveres, en
muchos casos, o poco importaba, en otros, decidieron enterrarlos a todos en una
fosa común, que abrieron no lejos del lugar, que dieron en llamar desde entonces
como el vado de los buitres, por lo mucho que tuvieron que luchar contra ellos
para espantarlos mientras daban sepultura a los cuerpos.
En cuanto al oro de los carros, concluyeron que no podían
dejarlo allí y que, dado que no sabían legalmente a quien pertenecía, bueno era
que se lo repartieran entre ellos. Aunque hay que decir, en beneficio de los
lugareños, que cuando las autoridades locales propusieron entregar dicho oro a
la Junta Central, buena parte del botín fue devuelta para dicho fin.
El día en que el coronel Peláez fue nombrado Director del
Real Cuerpo de Policía, elección firmada directamente por el rey don Fernando
VII, en las tertulias y reuniones de la Corte, muchos se preguntaron de dónde
había salido dicho coronel.
Alguno recordó a un alférez Peláez distinguiéndose en la
batalla de Los Arapiles. Otro cayó en la cuenta de un capitán Peláez en el
frente de guerra de Cataluña. Sonaba el nombre de un comandante llamado Peláez
al frente de un regimiento de dragones reales en Valencia, ya terminada la
guerra contra el francés. Pero nadie podía asegurar que todos estos fueran la
misma persona.
Lo que si pudieron aseverar, en los años venideros, aquellos
que tuvieron la desgracia de ocupar los calabozos de las prisiones reales, fue
el celo con que este coronel desempeñaba su cometido. Y pronto fue famosa en
todas partes la manera en que comenzaba sus brutales interrogatorios,
jugueteando con las cuentas del rosario que colgaba de su pecho antes de
arremangarse la camisa y meterse en faena.
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Texto seleccionado en las
reuniones del Taller de los días 13.08 y 03.09.2003
