Pastelitos de miel
__________________________________
María Yuste
Yo descubrí una isla solito, sin ayuda de nadie. Llegué remando en mi
barca azul de plástico, que me regaló mi abuelito en el último cumpleaños. Tenía
dos remos y dibujos de duendes con un enorme mago sujetando una gran estrella
amarilla. Era una noche llena de problemas y con fuertes discusiones de mis
papás. Me llevé todos mis juguetes y mis libros de cuentos, por si me aburría.
Allí no estaban los profes, ni mis papás, ni nadie que me pudiera regañar. Tampoco estaba, para mi alegría,
Carlitos, mi compañero del colegio que tanto me hacía sufrir. Siempre se
aprovechaba de mí, porque era mucho más grande que yo. Se comía mi bocata
durante el recreo. Me insultaba llamándome «caraculo», amén de veinte mil maldades por las que me veía obligado a pasar.
En mi isla, me dedicaba a tirarme de cabeza desde el pedrusco alto que sobresalía del acantilado. Pescaba y jugaba con los indígenas del lugar, hacía excursiones, cogía cocos y me divertía con los monos chiquitines, que eran los que más me gustaban. Lo que más echaba de menos eran mis pastelitos de miel. Allí no había. Me los compraba mi abuelita cuando de tarde en tarde venía a recogerme a la salida del colegio.
No tenía que hacer deberes, ni copiar cien veces en la pizarra del
cole: «en clase no se habla», ni hacer la cama los domingos, ni lavarme los dientes después de cada comida. Tampoco tenía que ir al dentista, ni a clase de religión. No tendría que ver al feo y antipático novio de mi hermana. Ni siquiera la profe
Marga me tiraría pellizcos. ¡Qué maravilla, Dios!
Tan contento estaba, que ni yo mismo me lo podía creer. Pero lo bueno no duró demasiado... Algo me interrumpe... Es Carlitos que me dice que salga de su sueño de una maldita vez.
___________________
Texto seleccionado en el
Taller del 23.04.2003
