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AUTORES PUBLICADOS:
- Carmen López León
- Juan Rincón Ares
- Adriana Serlik
- Gerardo Hernández
- José Romero P. Seguín
- Susana Negro
- Issa M. Martínez
- ALZ
- Mary Carmen
- Yahlia
- Cecilia Ortiz
- Esther Zorrozua
- María A. Moreno Mulas
- Mistery
- Ana Márquez
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FOTOGRAFÍA:
Ricard Pla.
Se
había acostumbrado a salir todas las tardes en su pequeña embarcación,
para contemplar el poniente desde el mar. Se alejaba de la costa al tiempo
que el sol se ocultaba tras la muralla del castillo coronándola de rojo
sobre un cielo por momentos más malva.
Sabía que veía ponerse el mismo sol que habían contemplado durante siglos
las civilizaciones que se asentaron sucesivamente en el Mediterráneo. En
paz, sobre aquellas aguas inmóviles cuyo silencio solo era interrumpido
por el graznido de las gaviotas, pensaba que el mundo era un hermoso lugar
para vivir, y mentalmente recitaba a Virgilio y a Muhamad Ali Ibn Hazm,
pensando en su esposa.
Se distanciaba así, material y anímicamente, de la franja costera con su
bullicio turístico, su olor a fritura y sus músicas enlatadas, y se sentía
feliz rodeado de la plenitud de la naturaleza en calma, participando de
una belleza que había inspirado palabras también imperecederas para cantar
un amor como el suyo.
¿Por qué había tenido hoy la idea de llevar
consigo aquellos prismáticos que alguien dejó olvidados el verano
anterior?
¿Por qué cedió a la tentación de mirar y dejó de contemplar?, ¿por qué
quiso saber? Los prismáticos amplificaron la imagen del puerto, de las
terrazas de los cafés, de los balcones de los bloques de apartamentos del
Paseo Marítimo. Buscó su casa, localizó sus ventanas, la baranda algo
despintada sobre la fachada que en su día fue verde y ahora era gris, su
hogar; incluso pudo ver el saloncito por la cristalera abierta, y pudo
también ver a su mujer... que no estaba sola.
Ya no habría más ocasos de paz, de mar tranquila, de gaviotas y de poesía.
Sería su último viaje en barca, ¿para qué navegar de nuevo si su hermoso
mundo había dejado de existir?
Carmen López León
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LA FRONTERA ME CRUZÓ
La
frontera entre el hambre de Ahmed y mi frigorífico era una línea negra
en el mapa que separaba su mesa vacía sobre una tierra pintada de
verde y mi comedor abarrotado de colesterol, dibujado sobre fondo
amarillo. En el mar, decía Ahmed, la frontera es una línea blanca de
espuma -yo le decía que se llamaba una ola- que besa la orilla de
Asilah y se vuelve insinuante, retadora hacia Cádiz.
Una vez Ahmed y otros
piratas oscuros como él se empeñaron en seguir la frontera hasta el
mar en una patera con motor y navegaron toda la noche tras ella pero
cuando la ola–frontera llegó a Tarifa, se detuvo un momento, hizo un
quiebro y pasó por debajo de su quilla, dejándolos varados en la
arena. Ilegales. Los guardias civiles que los detuvieron no
entendieron aquello de las olas y las fronteras que mi amigo Ahmed
intentaba contarles pero cuando el ferry los devolvía cabizbajos a
Tánger vieron por el ojo de buey como la misma frontera escurridiza y
traviesa que los había guiado se situaba en la vanguardia del buque de
la policía española, subrayando en el mar el territorio prohibido para
sus rugientes estómagos.
Juan Rincón Ares
∆
Cerré
los ojos y recordé.
El ruido del agua me volvió al momento en que subí al gran barco que
me trajo a Europa. Ahora estaba sobre una barca de vela, llevada por
el viento y acompañada de muchas embarcaciones haciendo una estela
sobre el mar Mediterráneo, en Barcelona.
Cuando subí ese día lejano al Eugenio C, con grandes maletas llenas de
libros y recuerdos, no imaginé que el mar sería el compañero de mi
inspiración en mi vejez.
El sabor de la sal me hizo abrir los ojos y abracé a mi nieta Irene
que respondía a los saludos con un enorme pañuelo.
Adriana Serlik
∆
CONFLICTOS
Había navegado largo rato mar adentro sin mirar atrás. Allá en tierra
quedaban los conflictos que le angustiaban y de los que pretendía
alejarse. Perdida la referencia de la costa las distancias se
alargaban y tenía la impresión de no avanzar.. Se detuvo y paró el
motor de la pequeña barca. A su alrededor, en cualquier dirección,
kilómetros de mar completamente desierto le reducían a un minúsculo
punto perdido entre la suave oscilación de las aguas. La inmensidad
acuática latía contenida bajo la insignificante barquilla que se
mostraba tozudamente segura en su levedad, en su cualidad de flotar
fácilmente.
Conteniendo un sentimiento de abandono e indefensión se
puso de pie sobre la barca para poder dominar con la vista la desnuda
extensión que le rodeaba. Sintió una sensación indefinida, de dominio
incompleto. Era el único ser vivo en todo aquel espacio que no se
dejaba poseer, insinuando fuerzas ocultas muy superiores. Lanzó un
grito para comprobar el alcance de su voz, como cuando en la montaña
el eco le devolvía la medida de la distancia y la sensación de dominio
del espacio. Pero allí su voz no llegó a ninguna parte, se perdió
enseguida, sonó sólo delante de su boca. Nadie podía oírle. Estaba
absolutamente solo.
Aprovechando aquella oportunidad de total soledad
continuó gritando, desahogándose a placer. Nunca antes había podido
hacer una cosa así. Incluso en plena naturaleza, a campo abierto, la
posibilidad de ser oído reprimía la expansión total. Ensayó distintos
tipos de gritos para conseguir la máxima potencia. A medida que
gritaba se daba cuenta de la existencia de una fuerza oculta en su
interior que se apoderaba de su voluntad y de su garganta. Era como un
deseo escondido de afirmación y protesta que se manifestaba en aumento
y de manera incesante.
Después su voz se fue quebrando, convirtiéndose poco a
poco en quejido, en lamento. Calló finalmente, agotada la voz y
doliéndole la garganta. Se encontró totalmente liberado, sumido en una
sensación nunca experimentada de paz y bondad, que sin embargo sabía
que le pertenecía desde siempre.
Mientras volvía hacia la costa pensaba que el conflicto
o la armonía son cosas que están en uno mismo, no en el exterior. Pero
cuando ya divisaba ora vez la costa el cielo se volvió gris y sopló el
viento. El mar se alzó y se desató una tormenta. La barquilla quedó a
merced del mar que la zarandeaba sin piedad y el motor no servía de
nada. Atemorizado e impotente, se sentó encogido en el suelo y se
entregó al destino. Y entonces le sobrevino de una manera
especialmente aguda y lúcida la conciencia de su torpeza al adentrarse
tanto en el mar con aquella pequeña barca, empujado por la ceguera de
su angustia. Después de todo, sus conflictos le habían tendido una
última y definitiva emboscada. Y aunque tenía todavía la garganta
quebrada por sus gritos anteriores, aún tuvo fuerza para hacer
estallar una violenta y enloquecida carcajada.
Gerardo Hernández
∆
AL
ABRIGO DE LAS TEMPESTADES
Para él, el sol grita al caer en el abismo de la noche, y su grito se
oye luminoso y ardiente a lo largo del horizonte; para hacerse luego
eco en el azul del cielo, un cielo que arde ahora en medio de
gigantescas lenguas de fuego.
Para ella, el horizonte es un caracol de vivos colores
que se desplaza parsimonioso ante sus ojos, dejando sobre el cielo
viva memoria de una sutil estela de fuego irisado.
Sus cabezas, a medio camino entre el timón y la
botavara, se tocan accidentalmente, sus ojos se buscan queriendo
saber, pero todo parece estar dicho entre ambos, y por no decirse
nada, sus labios se unen desganados, y en el frío beso sienten al
unísono el seco estremecimiento de sus dos mundos separados. Soles
caídos ahora bajo el silencioso ronroneo del casco del leve velero,
con el que han decidido iniciar un viaje alrededor del mundo, en la
torpe esperanza de arribar un día a un puerto común, en el que sus
desavenencias encuentren refugio y sosiego.
Si él o ella quisieran definir este preciso momento de
su iniciático viaje, se darían cuenta que otra vez las palabras con
que nombran las cosas que les rodean, no hacen sino distanciarlos,
empujarlos hasta el vertiginoso grito del sol de él, o ralentizarlos
hasta el silencio, como los movimientos del caracol de ella en el
horizonte; sin que los colores que arden al unísono en el cielo de sus
pensamientos, sean suficientes para mermar en su ánimo el creciente
desaliento que les produce el continuo desencuentro, al que ya en
algún momento se han atrevido a llamar en silencio, desamor.
Las profundas sombras de las mitológicas montañas que
vigilan la bocana
del pequeño puerto de partida, se hacen pesadas en sus bocas, y se
resuelven en insana inquietud. ¿Habrá para ellos luz? La pregunta les
duele. Y es que la esperanza cuando es duda hiere aún más que la
desesperanza, porque los absolutos no son terribles, sino
infranqueables, mientras que los relativos son infranqueables por
terribles.
El mar bajo ellos es un pedazo de seda dorada que la
delicada quilla rompe en dos mitades inexactas camino del horizonte.
Las vela mayor y el foque tiritarían bajo el designio
de esta vivaz brisa que busca entre la desnuda arboladura la tela con
que vestir su viaje, imprimiendo al barco el impulso necesario para
que ellos apuren los últimos tragos de su monótona vida. Pero las
velas aún no han sido izadas, aún les atenaza el miedo de perder una
vida perdida ya en el tránsito al trabajo. Un trabajo en el que
prestigio y esfuerzo caminan para ellos parejos, sin que
paradójicamente medie entre ambos directa competencia.
Cuando el sol y su grito se abismen definitivamente,
cuando se hunda el
caracol en el mar y haya traspasado el velero la sombría línea de la
protegida bocana, se encontrarán los dos mano a mano con la noche y la
mar callada. Se sentirán entonces, tan solos y tan necesarios,
que la dura promesa del frío desencuentro se romperá en mil pedazos
asimétricos, y en cada uno de ellos hallarán las palabras y las
fuerzas perdidas en la falaz tormenta de la anodina vida que les
separaba. Pero eso aún no lo saben, pese a que está ya escrito en cada
golpe de mar, en cada crujido de las jarcias, en cada palabra
atropellada que las velas pronuncien, en cada soplo de viento que les
acaricie, y en todas y cada una de las tempestades que les van a
enseñar a hablar de nuevo el lenguaje del amor. Porque será en medio
de ellas donde lo que uno y otro digan, va a adquirir de nuevo
sentido. Porque será entonces, sólo entonces, cuando los caminos no
tendrán sosiego, y serán por fin desentrañados todos los intrincados
laberintos de silencio, que a lo largo de estos amargos años han
levantado entorno así, para encontrarse por fin en la esencia de ese
fuego irisado que anima hoy su horizonte, y cuya silenciosa ceniza aún
les ahoga.
José Romero P. Seguín
∆
EL
COFRE
Precavido, el Comandante ancló el Saint George lejos de la costa. Al
sesgo del crepúsculo podía verse la volubilidad de la ribera de
Guangzhôu. El follaje que brotaba del litoral ascendía oscureciendo
las colinas y, gradual, tejía babas de mangles que se remontaban hasta
las cumbres. El mar, aplacado por la inmersión del sol, hundía en la
ensenada una fisonomía de cobalto. Incontable cantidad de juncos había
cesado de cabrillear y el progresivo encendido de los faroles
estimulaba la sugestión de una multiplicada masa flotante. De su seno
emergían fumaradas tan sinuosas como el borboteo de los potajes. Los
llantos de los niños y algunos ladridos se superponían al sonar de
agudos instrumentos de cuerda. Dividiendo las malsanas callejas del
poblado, el barniz descendente del Shiziyan, el Río de las Perlas.
Apronté una barca para remontarlo. Deslicé mi secreto
por las venas del poblado de madera. Los habitáculos, en lo alto,
escondían cientos de bocas hambrientas y madrigueras de caminadores
nocturnos. Todos los seres que allí residían se habían adueñado de la
calle como si el opresivo encierro acortara sus vidas. O como si la
visión del firmamento les prometiera una próxima existencia más
benévola.
Hundía los remos mientras los olores nauseabundos me
cortaban la respiración. Contra la acuosa pared de mis párpados dibujé
a las jóvenes lacias que en el vano de los portales venderían la
promesa de sus senos en capullo, y por un instante un brote de audacia
me encrespó el vientre. Una marejada de ojos abismales se encargó de
deshacer aquella fantasía. Ojos negros descubriendo mi furtiva
empresa. De tanto en tanto, una cantina mal iluminada ponía en
evidencia la práctica del vicio. Por sus ventanucas emergían tufaradas
de guiso, de apuestas, de humo rancio; emergía la sonoridad cascada
del lupanar y del costal ebrio de monedas de los apropiadores de
almas.
Eché un último vistazo al Saint George y me aventuré,
tal lo previsto, por el Shiziyan, el Río de las Perlas, sabiendo que
alto sería el precio por violar su cofre.
Susana Negro
∆
Mi brújula era el crepúsculo que matizaba mi ruta
marina, mientras mis anhelos se diluían en la paz que acunaba la
barca. Casi no había viento y, la vela, era impulsada más por mis
deseos de llegar a puerto seguro, que por la adversidad con que.
aquella tarde, se habían vestido los céfiros, por lo que era casi
imperceptible el movimiento, aún viajando sin equipaje.
Mis pupilas, el silencio, el sabor y el aroma del mar,
al igual que mi piel, se licuaron para formar parte de mi recorrido.
Sí, precisaba de todos mis sentidos para inmortalizar aquel viaje en
mi memoria. Porque era el último que realizaría con esa constante
invariable que casi nunca me abandonaba desde que decidimos unir
nuestras vidas: tu ausencia, tu estar sin estar…
Fue aquel recorrido en barca, el que me enfrentó con la
naturaleza reconfortante de los elementos y conmigo misma, el que, de
vez en cuando, acude a mis sienes para recordarme que soy capaz de
decidir.
Issa Marcela Martínez Llongueras
∆
Sí que me gustaría dar un paseo en barca. Sentirme
chiquita entre tus brazos rodeada de cielo y mar. Escuchando el
silencio, escuchando el mar. Salir en la tardecita. Ver el atardecer.
Mirar juntos el cielo y ver cada estrella aparecer. Que nos envuelva
la noche. Que nos acune el mar. Que la barca nos transporte a donde
nos quiera llevar. Tú y yo solos en ella, abrazados y sin hablar.
Me estoy quedando dormida, tranquila y llena de paz.
Entre dormida y despierta recuerdo el primer abrazo.
Me acurruca entre sus brazos, se sonríe y me dice:
"¿Cuánto hace ya de eso?, ¿doce años?, ¡qué barbaridad".
ALZ
∆
El río que me lleva está lleno de luz... La bebe
del sol y la saborea cada tarde cuando él se va. El barco que me lleva
besa al río, lo acaricia con la ternura de un niño y, a veces, cuando
ya la luna cubre de reflejos mi piel, se acerca a las orillas, regazo
de una madre, sonrisa de mujer enamorada. El río que me lleva tiene
nombre de espejo y voz de campanario, me mece su dulzura y me acunan
sus piropos.
Conmigo, en el viaje, me llevo ese recuerdo de un amor
imposible y voy pronunciando su nombre al ritmo del agua, banda sonora
de sus ojos y los míos que tanto se miraron, de sus manos y las mías
que nunca se salvaron del miedo de rozarse... El río me devuelve,
húmedos y tiernos, los besos de papel que intercambiamos, los versos
que escribí con los ojos cerrados, atravesado su nombre entre mis
párpados, en ese momento mágico, entre la vigilia y el sueño. Navega
mi barca y ya es de noche, el reflejo del agua me acompaña... y las
palabras, sus palabras me acompañan... y el sabor dulce y amargo del
café y el secreto que guardé y que hoy me llevo en este viaje sin
rumbo ni puerto. El agua, bajo mis pies parece cantar, susurra como él
susurraba, como susurrábamos, con el miedo en las espaldas. Él nunca
supo de este viaje ni de esta barca que me lleva por su río, tan
querido, en un viaje a la deriva con su nombre entre los labios,
mientras pienso en lo imposible de mi afán por navegar, en lo
imposible de este amor.
Mary Carmen
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Aquel iba a ser el fin de semana en el que por
fin arreglaríamos diferencias. Dos días y tres noches sería tiempo
suficiente para recordar viejos tiempos y aclarar malentendidos
pasados, y si no, al menos disfrutaría de un merecido descanso.
Llegamos al apartamento y corrimos a asomarnos en la terraza, preciosa
noche y romántico paisaje. A lo lejos, los complejos y hoteles
alumbrados hacían que la playa y el mar se viesen magnificados, y su
brazo, rodeándome, añadía a una simple visión toda la magia de la que
había carecido nuestra relación durante mucho tiempo. Era hermoso,
realmente hermoso.
Fueron dos días intensos de sensaciones y sentimientos
y, en el último atardecer, cogidos de la cintura, contemplábamos el
mar y su horizonte, surcado por un imponente velero en el que habría
huido para alargar aquel fin de semana y toda la magia que lo llenó.
Al fin y al cabo, se puede soñar despierta...
Yahlia
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SALVADOR
Solo, en medio del océano, sofocado y
hambriento.
Cierro los ojos. Los abro. Mi barco pesquero oscila; no
hay olas.
El cielo y el mar se hacen uno; azul arriba, más azul
abajo.
Hace diez días que salí del puerto con la promesa de
que era mi último viaje. Jamás pensé que sería así.
Viejo yo, viejo el barco: los dos fuertes y seguros.
Ayer llovió, junté agua para beber, el mar no es
generoso con peces, ni con su sabor.
A la deriva, arrastrado por las corrientes no sé dónde
estoy.
Recuerdo mis ilusiones. Una vida sin vaivenes ni
sobresaltos. Hace días mi hermano me dijo que los dos podíamos pasear
turistas por la bahía, que eso es más beneficioso que andar a los
saltos sobre olas, lanzar la red, subirla a bordo y regresar a
discutir el precio en el mercado.
Quise despedirme del compañero; toda la vida sobre él,
respetándolo. Jamás lo maldije.
Ahora tampoco insulto a mi barco. El motor, averiado en
la madrugada de mi primer día de navegación, me atormentó el ánimo.
Estuve horas trabajando en la reparación. Lo único que logré: manos
lastimadas, herramientas rotas, desesperación.
Confié en los guardacostas.
Tenía comida para cinco días y había planeado regresar
en dos.
Tal vez el mar no quiere que me convierta en marinero.
Soy pescador, de peces y de palabras. Me gusta leer. Me gusta
escribir.
Diez días, cuatro tormentas, dos peces medianos crudos
y toda esta inmensidad casi estática.
Azul arriba, más azul abajo.
Anoche lloré. Estoy cada vez más solo. La soledad me
abraza, no quiere dejar su presa. Hablo, mi boca está seca. Debo
callar. El sol calienta mis piernas, poco a poco el cuerpo siente un
tembloroso calor trepar hasta la garganta. Voy a la sombra. Tengo
frío. La garrafa de gas está vacía, mi estómago también.
El horizonte, lejos, es una línea ondulada más
brillante que el agua.
Voy a enloquecer.
Veo pasar una nube a ras del agua, besa el agua, bebe
agua. Cierro los ojos para huir.
Los abro, la nube sigue bebiendo, mi boca se hace agua.
En el poniente el sol hunde su cara en el mar, estoy
seguro que sorbe torbellinos de agua salada, se hunde más para que no
lo vea. Para que no desee.
Sobre el océano navegan flechas de luz amarilla. Se
acercan al barco. Todo es color amarillo, el agua, yo, el pescado que
mastico lentamente. No recuerdo cuándo lo pesqué.
Otra vez veo pasar la nube a ras del agua, besa el
agua, bebe agua.
Cierro los ojos. Caigo sobre el piso, boca abajo; abro los ojos veo
madera; vuelvo a ver la nube, en el azul del mar, en el azul del
cielo, en el azul de todas las tablas que miro.
Todo gira, mi barco flota en el agua, yo en el aire.
Estoy mareado. Todo se mueve violentamente. Temporal. Las olas pasan
haciendo un arco sobre mí. No mojan. Pasan, vuelven, retroceden. Son
azules. Desde el aire veo alejarse todo, desaparecer. Veo solo mi
cuerpo, mezclado con el azul del cielo o del mar, me he vuelto sólo
color.
Cierro los ojos para huir.
Siento agua dentro de la boca, agua fresca. Me escucho
decir: diez días, cuatro tormentas, muchos peces crudos, agua de
lluvia.
Alguien me acuesta sobre algo blando. Oigo voces, no
comprendo. Ruido, mucho ruido, muchas voces.
No abro los ojos, todo será azul; abajo, arriba,
adentro de mí es noche azul marino.
Ruido y más ruido. Motores. Barco. Parpadeo. Mis ojos
secos entreabiertos no ven claro. Me rodea algo borroso. No hay azul.
Es blanco. Bebo algo caliente. Reconozco la voz de mi hermano. Dice:
Es un milagro. Más de cuarenta días estuviste perdido. Ahora sí
Salvador, a pasear turistas por la bahía.
Me abraza. Siento que tiembla.
Soy yo el que está temblando. Tengo miedo de abrir los
ojos, encontrar el azul del mar, el azul del cielo, estar solo en
medio del océano, sofocado y hambriento.
Cecilia Ortiz
∆
Ahora que soy viejo y mi piel está surcada por la
sal de todos los mares, cada puesta de sol emprendo el camino hacia el
faro. Lo hago despacio, deteniéndome cada tanto a admirar los dientes
de león y las campanillas de color añil que tapizan la abrupta ladera.
Es también un pretexto para acomodar el renqueante flujo de mis
pulmones a la dificultad del ascenso, una forma de ligar mis
crecientes limitaciones físicas con mi capacidad de embelesarme
todavía con las cosas pequeñas. Cuando por fin alcanzo la atalaya, me
acodo sobre el herrumbroso pasamanos y dejo vagar la vista hasta el
punto en que el sol, en su retirada, besa la línea del horizonte como
un amante ocasional y se fuga buscando otras tierras y otros mares que
tantos recuerdos desencadenan dentro de este pecho que sólo se mueve
ya a base de reflujos sibilantes, evocaciones de otros tiempos,
añoranzas de otros puertos...
Era casi un muchacho cuando embarqué por primera vez en
un velero de arboladura muy semejante al que ahora sestea frente a mí.
Lo hice con el corazón dividido entre mi sed de aventuras, que me
impulsaba a huir, y el primer amor, limpio e irrepetible, que me ataba
a mi aldea. Aquel barco abrió el mundo para mí, me llevó a conocer
lugares asombrosos y gentes sorprendentes, me dejó varado en calas y
ensenadas ignotas desde las que contemplé ocasos encendidos deseando
siempre regresar a mi origen.
Cuando al cabo de los años por fin volví, mi puerto ya
no era mi puerto y mi amor primero se había convertido en una matrona
de mal talante, abrumada por una corte de hijos y de nietos
importunándola a todas horas. Del brillo original de
aquellos ojos tiernos sólo quedaba una mueca desengañada acompañando a
aquella pregunta muda que me formuló cuando nuestras miradas se
cruzaron por azar en la plaza del pueblo.
Por eso, ahora que he perdido todo lo que un día me
perteneció, subo cada atardecer hasta el faro, justo antes de que el
sol se bañe en la línea del horizonte desprendiendo destellos de oro y
fuego, y sueño despierto, con los ojos húmedos de deseo, que el astro
claudicante me lleva prendido en uno de sus rayos a visitar de nuevo
aquellos lugares asombrosos y aquellas gentes sorprendentes, aun a
riesgo de que aquella otra realidad también se haya trasmutado y todo
se me vuelva ilusión y artificio.
Esther Zorrozua
∆
Hay barcas que no zarpan nunca. Hay barcas que se
encuentran en la intersección entre el cielo y el mar. Hay barcas que
se pierden en las estrellas de alguna noche de estío. Yo tengo una
barca guardada en mi memoria de niña.
Soy de tierra seca, de amarillo girasol, de trigo
maduro. Los veranos de la infancia eran largos y sedientos de helados
de limón. No descubrí el mar hasta mucho después, cuando ya mi niñez
se había diluido y los días eran lluviosos y las noches solitarias y
plomizas. El océano era azul marino y miles de velas blancas lo
poblaban como gaviotas a la deriva. Ya no tenía tanta risa ni sed de
limón helado. Entonces ya había encontrado mi barca simple de velamen
roto, de remos astillados. En la popa se adivinaban unas letras negras
sobre fondo azul: Sebastiana y las tardes eran eternas meriendas de
limonada helada. La barca que encontré cuando era niña no servía para
bogar largo rato al pairo de las mareas. Aquella barca azulada sólo
podía ser utilizada para navegar por la espuma de mi imaginación.
Hacía tanto calor en las mañanas de sed y sol. La pintura la hallé en
el desván, cubierta de la tela de una araña vieja. Era acuarela fresca
que vino a salvarme del mar de trigo dorado que me cercaba en las
horas de limón azucarado. De mi abuelo, dicen que era. Pero nadie sabe
si él la pintó o tenía aquella barca con nombre de mujer campesina
agostada. Sebastiana, era el nombre cenizo que se leía en el fondo
mar.
Hay barcas que no navegan nunca, que nunca tocan agua,
que no se sirven de remos ni velas ni brisa para avanzar. Hay barcas
que viajan solas, empujadas por el meneo de un recuerdo o una ilusión.
Las barcas del pasado.
María Antonia Moreno Mulas
∆
La barca hacía aguas por todas partes. Me
avisaron los amigos antes de subirme. Los allegados pusieron cara de
preocupación cuando decidí poner pie en aquel habitáculo rojo y negro
de nombre “Marta”. Intentaron disuadirme, "!que el elemento no es el
tuyo, que eres propenso al mareo!". Pero yo, demostrando
una vez más mi carácter independiente y aventurero, subí a bordo.
Poco a poco los fui perdiendo de vista. La distancia
era cada vez mayor entre los que me acompañaron al embarque y yo. Los
fui viendo diminutos, a ratos se engrandecían ante mi vista, pero al
poco de zarpar, el mareo se iba apoderando de mí y ya todo en tierra
era una masa borrosa de cuerpos y cabezas, de gentes y colores. Me
aferré a los artefactos que tenía a mi alcance con todas mis fuerzas,
y cuando ya no pude más, y el terror empezó a acompañar el mareo, un
hilito caliente y potente se disparó desde la barca hacia el suelo.
Los que contemplaban la atracción de feria, recibieron su bautismo de
visitantes del muelle.
Yo bajé avergonzado y lloroso con una preciosa mancha
en mis bombachos azules.
El mar, ya me avisaron, puede ser muy traicionero.
Mistery
∆
Que me vengan todos los ríos como el tuyo, como esos
brazos líquidos entre los que me siento barca, como esos ojos de
abismos entre cuyos párpados me siento gaviota o suicida... Dijo el
poeta que "no hay más dios que la dicha ni más río que la sangre
adolescente, cuando todo es amor y amor no es todavía". Yo sí sé que
hay dios, le hay y tiene su santuario en el hueco de esta vela que se
infla para arrastrarme hasta el delirio. Para sacarme de esta
existencia atolondrada y llevarme allí, en la última isla donde
esperas.
Llegué de la nada hasta tu orilla. No hay más dios que
la dicha. No hay más dicha que vivir a la sombra de tus aguas.
Ana Márquez
Este viaje
estuvo publicado hasta el 11.07.04
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