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AUTORES PUBLICADOS:
- Carmen López León
- Pedro M. Martínez
- Adriana Serlik
- Yahlia
- ALZ
- J. R. Rinconares
- José Romero P.Seguín
- Mary Carmen
- José M. Godoy Macías
- Luis E. Mejía Godoy
- Conrado Arranz
- María A. Moreno Mulas
- Issa Martínez
- Mistery
- Cecilia Ortiz
- Leyre
- Esther Zorrozua
- Humberto Botana
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Dicen que cuando se ha aprendido a montar en bicicleta no se olvida nunca.
Y, al principio, ¡cuánta inseguridad al tratar de mantener el equilibrio
sobre esas dos ruedas tan finas!
- No te pares, mira al frente.
Dice la voz amiga a mi lado
- Vale, pero no me sueltes, ¿eh?
- Sigue, sigue, no mires atrás.
Cada vez la voz suena más lejana.
Y entonces me doy cuenta de que puedo hacerlo, y la
brisa me refresca la cara, y mis manos ya no aferran el manillar tan
crispadas y, poco a poco, voy sintiendo el placer de descubrir el camino
desde una nueva perspectiva, de controlar esa sencilla máquina que se
desplaza con la sincronía de mis piernas y el motor de mi corazón, que
obedece al más pequeño giro de mi muñeca, y que parece que puede llevarme
al fin del mundo.
- No te pares, mira al frente.
- Sigue, sigue, no mires atrás.
Y la voz se va perdiendo.
Me quedo contemplando el cuenta revoluciones que sube
con arreglo a mi esfuerzo, el cuenta kilómetros marca el recorrido que he
realizado y me embarga la sensación de poder, mis ojos perciben el entorno
fantástico de una ciudad imposible de calles vacías bajo un cielo inmóvil,
después una carretera blanca entre parterres de un esmeralda perfecto, a lo
lejos una línea azul sugiere el mar.
La máquina estática va marcando el largo camino de la
rehabilitación. Y me doy cuenta de que puedo hacerlo, que puedo descubrir
nuevos paisajes que aparecen con la sincronía de mis pensamientos y se
activan con el motor de mi cerebro y llegar verdaderamente al fin del
mundo, porque nunca se olvida uno de vivir después de haberlo aprendido.
Carmen López León
∆
La veía pasar todos los atardeceres pedaleando en una
vieja bicicleta. El reflejo de la silueta en el agua del canal se
desgajaba entre latas oxidadas y neumáticos mohosos. El agua aceitosa
teñía de arco iris el difuso dibujo de la ancha pamela blanca de la
ciclista sobre el caudal estancado. Era junio y llovía, como siempre. A la
anciana dama no parecía importarle, pedaleaba con parsimonia y el faro
amarillento de la bicicleta carraspeaba una luz rojiza a cada golpe de
pedal.
Sé que no hay nada al final del camino del canal, sólo
búnkeres derruidos y cráteres cubiertos de hierba rala. Más allá, la
planicie se rompe en un brusco acantilado. La playa, bajo el cielo en
blanco y negro, está desierta y la pamela me recuerda a una gaviota
volando sobre la arena negra, cerca de las olas erizadas por el viento de
poniente.
Nunca quiso hablar conmigo. Pedaleaba y pedaleaba, ida
y vuelta, silencio tras silencio, hasta que aquella tarde de junio se paró
frente al galpón en donde sobrevivo y me rogó que no la siguiera. Esperé
hasta muy tarde, el faro de la bicicleta no apareció traqueteando de
regreso por el camino. Me quedé dormido y nunca volví a verla.
El amanecer del día siguiente parecía tener una
fluorescencia especial. Imaginaciones, pensé mientras me frotaba los ojos,
los días eran iguales desde hacía mucho tiempo. El transistor no capta
ninguna emisora y queda poca comida. Creo que nunca volverá a pasar nadie.
El camino del canal ya no viene de ninguna parte. Qué más me da: nunca
supe montar en bici.
Pedro M. Martínez
∆
Recuerdas, teníamos trece años y estábamos en
Necochea.
¿A quién se le ocurrió atar el melón para poder tener
las manos libres?
Dicen que con trece años se está en la famosa edad del
pavo.
Nos costó atar el melón a la bici pero más nos costó
dejar de reírnos mientras lo hacíamos.
Desconocíamos los senderos de nuestra vida.
Lo siento, yo sigo atando melones a las bicis, tú eres
una gran señora burguesa, con una gran casa, muebles de estilo, cortinas a
medida y sirvientes.
Yo sigo atando melones a las bicis, escribo relatos
cortos y sigo llorando de risa.
Adriana Serlik
∆
Aún recuerdo aquel verano. Como cada año, deseaba
regresar al pueblo donde me reuniría con mis amigos, a los que había
añorado durante todo el invierno, pero ese año fue especial.
Con las inquietudes y la “independencia” característica
de la adolescencia, cada tarde cogíamos nuestras bicicletas y pedaleábamos
con las mochilas al hombro hasta descubrir hermosas playas casi desiertas,
y allí, entre risas y juegos comíamos nuestros bocadillos y nos
refrescábamos en el mar. Nunca faltábamos a nuestra cita, y cuando alguno
no podía coger su bici, otro lo llevaba en la suya, intentando mantener el
equilibrio y turnándose en el pedaleo. Éramos un equipo.
No sé porqué motivo, nunca volvimos a repetir esas
escapadas en las que llegábamos asfixiados pero contentos, eufóricos por
lo que sentíamos y lo que veíamos. Aquellos momentos de charlas y juegos
que se repetían cada tarde nos unieron de una forma hasta entonces
desconocida para nosotros.
Cada vez que monto en bicicleta me vienen esas imágenes
a la mente.
Yahlia
∆
Cuantos recuerdos encierra una
bici.
Cinco años tenía
cuando los reyes magos dejaron en el patio de mi casa una maravillosa
Ondina.Azul y un poco grande para mí.
Creo que era la primera vez que los reyes me regalaban lo que
escribí en la carta.
Yo no daba más
de alegría, como no sabia andar la tomé
del manillar y corría por todo el patio con ella a tiro.
Recuerdo el 6 de enero íntegro mis dos
hermanas mayores (nueve y once
años) corrieron tras de mí
enseñándome a andar. Recuerdo sus caras de alegría
cuando al finalizar el día yo con bastante dificultad lograba ir de
esquina a esquina. Y sin saber doblar me bajaba,
daba vuelta la bici y me volvía a subir. Y
así como me enseñaron y cuidaron ese día, lo siguen
haciendo hoy veinticinco años después.
Y juntas recorrimos
kilómetros y la bici significaba libertad y era sagrado para nosotras los
paseos de fin de semana e ir a todos aquellos lugares que no nos dejaban
ir.
¿Saben qué?,
mañana las telefoneo y las invito a dar un paseo en bici.
Me dieron muchas ganas.
ALZ
∆
EL ABUELO QUE NUNCA TUVE
El
abuelo que nunca tuve, el que nunca conocí, me enseñó a pescar con salabar
de latón en el amarradero del muelle usando de cebo trozos de sardina que
habíamos rebuscado poco antes en la vieja lonja. Me enseñó a devolver al
río los cangrejitos pequeños mucho antes de las campañas de: ¡Pezqueñitos,
no gracias! Señalando con un guiño a un Guadalete limpio y vivo me animaba
"a cruzar el canal nadando para que te hagas un hombre".
El abuelo que nunca
conocí, el que nunca tuve, me sentó en los bancos
de piedra de la Plaza Peral y me contagió su amor por aquel vergel donde
las araucarias gigantes fueron puericultoras mudas y atentas de decenas de
generaciones.
Sabedor como era mi abuelo
de que la naturaleza sólo es un usufructo que recibimos al nacer para
entregarlo pasado el tiempo a sus legítimos propietarios, las generaciones
futuras, una tarde de verano me montó en su pesada bicicleta negra y así,
en el portamantas como lo llamaba él, bajamos por la calle Ganao. En la
Plaza de Abastos, pescaderos y fruteros preparaban afanosos sus paradas
para el día siguiente. Salpicado el paseo con mil saludos y breves
historias de lugares y personajes del Puerto, torcimos por Vicario y
dejando atrás la Iglesia Prioral y la Plaza de Toros tomamos un pequeño
camino que se perdía ondulante entre huertas y pinares. Con la maestría y
el saber del que ha realizado mil veces el mismo sendero atravesaba
imaginarios lindes, bordeaba surcos, liños, y acequias artesanas modulando
sus pedaladas con los cambios de suelo. Aquella
tarde aprendí a distinguir las acerolas, golosinas silvestres, de los
"tomatitos del demonio", tan venenosos que ni los pájaros se posaban a su
lado. Mi abuelo, el que nunca conocí, el que nunca
tuve, me regaló un reloj de sol hecho con una espiguilla que giraba y me
hizo permanecer quieto y mudo en el bosque para oír el canto de la
abubilla -el "gallito marzo" le llamaba él- o para ver posarse un
solitario chamarín entre las retamas blancas .
Aunque volaban las horas,
yo no sentí pasar el tiempo. Caía la tarde cuando nuestros pasos nos
llevaron a un lugar donde acababan las huertas.Tras unas dunas en las que
mis párvulos pies se negaban a avanzar, apareció una pequeña playa
festonada de rocas y, por fin, la mar como la llamó mi abuelo.
Nos sentamos sobre la
arena en la cima de un maravilloso talud natural y desde allí, con el
poniente en la cara, vimos como se hundía el sol en el mar, pintando de
rojo el horizonte y fotografiando en mi retina su celeste cuna.
Mi abuelo, el que nunca
tuve, el que nunca conocí, me enseñaba todo aquello con el legítimo
orgullo del que devuelve un préstamo en mejores condiciones de las que
recogió aquella mercancía. Yo me sentí en aquel momento depositario de
algo grande, inmenso que debía conservar en el cofre de mis posesiones
valiosas junto al sabor de los cangrejos cocidos en casa, junto a las
vainas de las araucarias vigilantes por si algún día mi nieto, el que
todavía ni tengo ni conozco, me lo reclamaba.
Por eso, cada vez que en
nombre del progreso los usurpadores que se hacen llamar a si mismos
gestores del desarrollo, violentan la cerradura del arca de mis tesoros y
arrancan un trozo al río o a los amaneceres siento que mi abuelo el que
nunca tuve, el que nunca conocí, me riñe por descuidado y que mi nieto, el
que todavía no tengo ni conozco, del aire.
Por la misma razón, un día
cualquiera, mas temprano que tarde, convocaré a los fantasmas del abuelo
que no conocí y del nieto que todavía no tengo y en tres maravillosas
bicicletas de imaginación, atravesaremos los caminos de asfalto donde un
día estuvieron aquellas maravillosas huertas y cuando lleguemos hasta el
talud donde vi por primera vez la cuna del sol contaré esta historia al
nieto que no tengo. Luego nos sentaremos juntos frente a las máquinas y
los hombres que acabaron con nuestras playa y ahora quieren seguir
destruyendo el más privilegiado mirador de atardeceres de la Bahía. Los
tres juntos y usted, si desea acompañarnos, empuñaremos el documento de
propiedad que nos da el futuro y allí ganaremos o perderemos un nuevo
pleito en nombre de los que aún no han nacido.
J.R. Rinconares
∆
La vieja bicicleta descansa apoyada sin cuidado sobre
la desconchada pared del cobertizo. Su flaca silueta desdibujada sobre el
florido fondo del patio, parece pedir a gritos un poco de ternura. La
estructura escuálida y marrón de su esqueleto es una boca abierta capaz de
pronunciar todas las palabras del universo en un sólo golpe de voz. Tanto
es así, que si tuviera corazón, se le vería latir abierto en el costado.
Sus voces son jóvenes,
tanto que no soportan la discreción necesaria que exige el secreto de ir a
buscar a esas horas en que todos duermen la siesta, y en el que nadie en
su sano juicio de padre o abuelo les permitiría salir de paseo.
Ponen en el empeño toda la intención del
mundo, pero en el despreocupado acto de abrir la
puerta con el sumo cuidado de ir en cuadrilla, el cogerla entre sofocadas
risas y el sordo chirriar de sus piezas, se produce lo inevitable, alguien
desde dentro pregunta con desgana: “¿qué pasa ahí?” Se quedan parados, la
voz también, las moscas al igual que sus ganas zumban sordas en el
ardiente cinc de la temprana tarde. Durante unos minutos el silencio es
aún tenso, está claramente a la espera de una nueva pregunta, o a la
súbita aparición de alguien en la puerta del patio. Finalmente el silencio
se ondula de nuevo y ellos la conducen hasta la calle.
El sol de todos los días
brilla joven sobre su piel morena. En su rostro una sonrisa aún más joven,
en el de los demás la complicidad a que invita la aventura.
Ella la inclina y se monta
cuidándose de las indiscreciones del ligero vestido que también le luce.
El sillín cruje, la impulsa con un enérgico movimiento del cuerpo, y
coloca los pies en los pedales, luego imprime a éstos medio impulso, y a
la casualidad del empujón inicial se sucede el milagro del misterioso
equilibrio de la velocidad. Su andar se hace ahora redondo y vivo. Se
ponen por fin en camino.
La carretera se empina levemente, el sudor perla sus frentes, a los
primeros repechos suceden tramos llanos, en ellos la velocidad se hace
casi gratis y la brisa que la envuelve les refresca. Las cunetas dormitan
su plateada modorra entre el eléctrico chirrido de las cigarras y el
crepitar de las resecas hierbas con que las viste el tórrido verano.
Ahora hablan a voces, no
en vano son las únicas voces que a aquellas horas se atreven con el
silencio que enseñorea arrogante por los campos. Hablan de lo que van a
hacer y de lo que han hecho, el sólo ponerse de acuerdo y en marcha
justifica ya la decisión, lo demás nace todo de su fortaleza sin fin, de
sus ganas de vivir sin límites. El tiempo es suyo por entero, tejen por
ello planes sobre la marcha, sabiéndose dioses sobre sus bicicletas y sus
infinitas ganas.
Al girar una curva avistan
en el fondo de una profunda vaguada el blanco resplandor del pequeño
pueblo. Pronto entrarán en sus calles de cal y sombra, pletóricos y
exultantes, para envidia de los viejos que agazapados tras las puertas
mecen sin ganas su insomnio en el duermevela final de sus baqueteadas
vidas.
La carretera se precipita
de pronto cuesta abajo, como si hiciera suya su prisa. La velocidad
aumenta gradualmente, ella se centra primero en la brisa mientras imagina
mundos de frutales esencias, pero en algún momento el ruido de los radios
la despierta de sus sueños para sumergirla en la desazón de la realidad,
algo no va bien, es la creciente velocidad, no hay duda, para aminorarla
busca la inexistente palanca de freno, pero no está, pregunta por ella en
voz alta ciertamente aterrorizada. Pero la bicicleta calla, ella no miente
ni ahora ni antes, ella es ahora, como antes, cuando descansaba pegada a
la pared, una boca abierta, una boca gigante, capaz de sostener en su
interior todos los gemidos del universo, es cierto, pero incapaz de
ocultar nada en el simple acto de mirarla.
La velocidad es ya
vertiginosa, el ruido de los radios se hace más que inquietante claramente
insoportable en su vivaz insistencia, de su mano viene el miedo que la
paraliza, tanto que se deja ir, hasta que ante la proximidad de una
sinuosa curva el pánico se apodera definitivamente de su ánimo, gira
entonces bruscamente el manillar, la rueda delantera se cruza y queda
clavada, la trasera gira ciega en el vacío y su cuerpo vuela por el aire.
Siente el trallazo seco del vértigo que impele el simple haber perdido el
control, luego se siente rodar sin cuidado por el suelo y como el ardiente
asfalto se le bebe la piel.
Un poco más tarde los ve a
ellos a su alrededor, mirándola desde sus crispados rostros. Oye en la
orilla del grupo el doloroso espejo de un agudo gemido de angustia, el que
sin duda refleja la verdad de lo que le sucede. Siente como tratan de
incorporarla, a la vez que le preguntan cómo se siente. Quisiera
responderles pero es incapaz, se halla presa de un profundo aturdimiento.
La sangre mancha sus ropas y la vista se le nubla. Uno de ellos corre
hacia el pueblo en busca de ayuda. A pocos metros de allí, la bicicleta
caída sobre la granate barrera donde ha ido a parar, parece estremecerse
en el girar convulso de la rueda deformada como un escuálido animal
agonizante, todos ellos la miran como interrogándola, pero ella nada tiene
que decir, ella ya lo dijo todo en su momento en la abierta boca de su
desnuda silueta.
José Romero P. Seguín
∆
Mientras recorría las calles desiertas, sujetando
con fuerza el manillar de mi bici roja, me parecía escuchar su voz,
cargada de melodías y de piropos. Al ritmo de los pedales,
en medio del silencio de la ciudad deshabitada, creía ver sus ojos
de sonrisa tierna, observándome, recorriéndome, como entonces, tratando de
retener cada detalle.
Las ruedas giran en un
torbellino de recuerdos que me traen toda la luz que me envolvía cuando él
me hablaba, los radios se confunden en la velocidad
y el tiempo es lento... Escucho su voz una y otra
vez, y sigo pedaleando para no llegar a ninguna parte, apretando con
fuerza el manillar de mi bici roja, como una niña, como una niña
enamorada, perdida en la ciudad desierta... Porque
no hay nadie si tú no estás, porque no hay nada si no tengo en los labios
tu nombre...
La madrugada me sorprende
recordando un beso, y siguen mis pies pedaleando, sin rumbo fijo, abrazada
a tu recuerdo.
Mary Carmen
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Hace
ya mucho que saliste. Lo recuerdo como si fuera ayer. Muy guapo y afeitado
me dijiste: -Mamá, estoy harto de mi entorno, tengo que salir más allá,
tengo que descubrir muchas cosas, tengo que descubrirme a mí mismo-. Esas
palabras se me grabaron a fuego en mi mente, nunca se me olvidarán, y eso
que decían que aquí nosotros ya no recordamos nada...
Y mira que te lo dije
Ernestito mío (porque para mí siempre serás Ernestito):
-Ten cuidado, que es muy peligroso, no les lleves la contraria-.
Pero claro, tu espíritu te lo impedía, te impedía darles la razón. A mi me
costó mucho tiempo entenderlo, sobre todo después de eso hijo mío... Dios,
todavía se me saltan las lágrimas... Y eso que hoy ya estarás aquí
conmigo... Hijo... No quiero recordarlo... Y todo por llevarles la
contraria...
Todo fue culpa de esa
maldita bicicleta, esa a la que le añadiste motor y con la que saliste de
tu país a hacerte ciudadano del mundo, y mírate ahora hijo, mírate, todos
te aclaman, eres un gurú para muchas personas de buen corazón, como el
tuyo Ernestito, que no te cabía en el pecho. Aunque ya sé que a ti no te
gusta verte en camisetas, porque tú siempre fuiste muy humilde, sólo
querías ayudar, y eso, hijo mío, estaba muy mal visto.
Aunque no todo fueron
desastres, con tu esfuerzo y el de muchos otros se consiguió llevar la luz
allí donde sólo había sombras, se tiñó de azul celeste el cielo, que hoy
se pierde en la dulzura de la caña. También hubo fracasos, pero sus
recuerdos estarán cubiertos por la sangre de tu esfuerzo. Porque tú
Ernestito, te debiste a todo el mundo.
Y por eso me duele hoy
cuando miro hacia abajo y veo que la gente no te entiende, que hacen
negocios con tu retrato, o que te enarbolan en una
bandera como símbolo patrio de algo que nunca fue. Pero al menos hoy ya te
tendré conmigo, aunque mis venas estallen de odio hacia esos policías
imperialistas bolivianos, pero ellos no tienen culpa, el espectro es mucho
más grande, silencioso y poderoso, pero tu figura seguirá luchando como la
del Cid Campeador después de morir, estoy segura.
Porque todo empezó con esa
bicicleta que motorizaste, esa bicicleta que papá y yo te compramos para
que dejases de lado esos pensamientos que yo creía tan raros, pero que hoy
comprendo que son en el sentido literal de la palabra revolucionarios. Y
mira cómo terminaste. Eras demasiado joven, mi hijo, todavía te quedaban
tres vidas de las siete, como tú decías. Luchaste por los demás pero yo
luché por ti, por tu vida. Porque aunque para toda la gente hoy en día
seas el Ché, para mí siempre serás Ernestito, mi niño.
Te quiere, tu mamá.
(Carta de Celia de La
Serna a su hijo Ernesto Guevara en Octubre de 1967, desde el cielo.)
José Manuel Godoy Macías
∆
Mi padre tenía un taller de reparación de
bicicletas y también alquilaba a los aprendices. Yo tenía diez años y
aprovechando que él hacia su siesta, me monté en una destartalada bici
negra con montura roja y un timbre que llevaba en el manubrio para
advertir a la gente (que en mi pueblo caminaba a media calle) que debía
dejar el paso libre.
Mis hermanos me empujaron calle abajo y empecé a
sortear niños, burros, y hasta un cerdo que me salió en la primera
esquina. Continué a gran velocidad, sonando el timbre, sin saber cuál
sería mi destino final. Al llegar a la esquina de la iglesia se me ocurrió
entrar en ella para bajar velocidad en la subida" de chaflán" que da a la
entrada sur del templo. Fue escandalosa mi entrada triunfal. Las beatas
que rezaban salieron despavoridas con un reguero de bancas. Choqué en la
segunda columna contra la base de un San Miguel Arcángel que casi me cae
encima, quedando el ángel a horcajadas sobre la bicicleta, sin botar su
espada. Desde entonces en el pueblo lo llaman el Ángel de la Bicicleta.
Mi padre esta vez no me castigó, porque me dijo que
quizás era un aviso de Dios.
Luis Enrique Mejía Godoy
∆
No tenía nada que escribir ni motivo para seguir
viviendo. Soy un apátrida víctima del recuerdo de todos aquéllos años de
paz y amorío. Espéculo sin luz, vacuo y postrado en lugar sombrío.
Cada mañana de aquéllos
aturdidos días que pasé en la región italiana de Calabria me levantaba con
aquél desvencijado sonido. Comenzaba por un sibilante rechinar y
culminaba, a la altura de mi ventana cerrada y lacrada con gruesos
cortinajes, con un runrún de multitud de varillas metálicas cortando la
brisa para atravesar el tiempo. Una risa paralela cortaba la penumbra de
mi lúgubre habitación forrada de libros apolillados y se alejaba
impregnada en la sombra del viento.
Al día siguiente decidí
esperar allí, enfrente de mi ventana pero en la calle; sentado en aquél
sobrio banco de madera pero apoyado en mi bastón de encina alcarreña.
Escrutaba lentamente la lejanía hasta que observé como un objeto cargado
de reciedumbre bajaba la encaramada calle principal a imprudente
velocidad. Y pasó de largo sajando el espacio. El sonido se completó con
la imagen que tuve de ella. Un espíritu libre, jovial y sonriente se
apoyaba sobre el descorchado sillín negro, tintineando las ruedas y el
herrumbroso cuadro al circular por la mampuesta travesía. Iluminó mi cara
el único faro que, una vez aferrado al guardabarros, era conectado a la
dinamo cobrando vida.
Hoy estoy escribiendo esto
desde la alcarria donde saboreo mi senectud. Estoy vivo. Mi cuerpo es
aquélla desvencijada bicicleta que tal vez yazca aparcada en cualquier
patio de la Calabria profunda, pero me siento como el espíritu libre y
director y no paro de reírme.
Conrado Arranz
∆
La bicicleta fue el sueño de mis veranos. Aparecía
tan hermosa tras los cristales de la tienda. Azul como el océano. No podía
comprarla, pero era necesario. MIentras tanto, iba con los amigos a la
charca a tirar piedras, coger ranas y flores que lanzábamos a las chicas.
Unas y otras. Yo no era alto, ni guapo, ni tenía un padre con flamante
coche que me llevara de excursión. Por eso, era vital conseguir la
bicicleta. Pasó un verano. Día tras día. Tarde tras tarde de espionaje
furtivo al objeto de mis anhelos. Podría presumir delante de los amigos,
dar una vuelta a las chicas, tener algo especial. Pasó el tiempo. Hora
tras hora. Hubo un momento en el que tuve dinero para comprarme la
bicicleta. Para montarme en el caballo de
hierro añil y volar por el campo con una hermosa chica agarrada de mi
cintura. Pero la bicicleta ya no estaba detrás de los vidrios, mi pelo se
había vuelto de un extraño color blanco y ya no soñaba con cabalgar.
Me perdí el viaje.
María Antonia Moreno Mulas
∆
Tendría tal vez unos doce años aquella navidad en que
mis padres me obsequiaron una linda bicicleta azul y amarilla, a la que le
colgaban unas tiritas de plástico del manubrio y que tenía además, unos
"diablos" para llevar a un compañero como pasajero y una cestita para
colocar chucherías, me encantaba hacer mandados con mi "bici" y colocar en
la cestita las cosas que me encargaban. Es increíble lo que un niño puede
hacer con su imaginación, yo abordaba mi vehículo como si en verdad fuera
un automóvil.
Recuerdo que incluso me paraba en los semáforos en rojo
y sacaba la mano por la "ventanilla" cuando quería dar vuelta, lo bueno,
es que alcanzaba perfectamente ambas "ventanillas", por lo que según la
vuelta, sacaba la mano derecha o izquierda. Si mis padres me hubieran
visto, seguro que me habrían castigado, pues tenía prohibido bajarme de la
banqueta, mucho menos mezclarme en el tráfico vehicular y sin medir el
peligro, pero bueno, nunca se dieron cuenta y por fortuna, nunca tuve
ningún accidente que lamentar, me refiero a accidentes de tráfico. Al
mismo tiempo que retaba al peligro, mi esencia infantil sufría cambios,
empezaba a sentirme atraída por el sexo opuesto. Marcos, era un chico que
vivía en la misma cuadra, pero mientras yo tenía sólo doce años, él tenía
veinte. De más está decirles que estaba enamorada del chico.
Mi bicicleta fue el instrumento para realizar lo que no
me atrevía, hablarle, o bueno, no precisamente. Tal vez sería mejor decir,
acercarme. Me encontraba en el parque a unas cuadras de mi casa, estaba
dando vueltas y vueltas, cuando descubrí a Marcos y su enorme perro, un
pastor alemán de nombre "Sultán". Aún no sé si mi mente o mis hormonas
fueron la causa de mi osadía, pero sin pensarlo mucho, pedalee mi "bici" a
una velocidad media, para justamente o casi justamente, arremeter junto a
un árbol que estaba muy cerca de Marcos y su perro.
La pobre "bici" quedó con el volante torcido y algunas
raspaduras, y yo, bueno, yo no salí tan bien librada, las ramas me
hicieron varios rasguños en la piel, y mi pie derecho, se quedó trabado
entre la cadena de la bicicleta. Marcos, acudió en mi ayuda como yo
esperaba, me soltó el pie de la cadena con bastante esfuerzo, mientras me
ayudaba a ponerme de pie, inútilmente, pues el pie estaba bastante
lastimado y no podía apoyarlo, lo peor, fue un corte que me hice en el
muslo izquierdo, como de diez centímetros y bastante profundo, no tengo
idea de qué fue lo que pudo habérmelo hecho, tal vez algún vidrio tirado
por el suelo. Aunque han pasado muchos años y desde luego ya no
conservo la bicicleta, aún tengo la cicatriz del muslo.
Me pregunto si Marcos habrá olvidado aquella chiquilla
tonta de su misma cuadra que moría de amor por él y que dejó casi
inservible su bicicleta nueva.
Issa Martínez
∆
El fantasma se levantó travieso aquella mañana. El
sol amanecía entre setos y alcornoques y el canto de los pajarillos lo
llevó a su infancia.
No había sido afortunada en lo económico, pero
recordaba los atardeceres junto al fuego que ardía doméstico en la pequeña
casucha. Recordaba las manos dulces de la madre lavándole las mejillas
sucias del polvo del juego. Las rudas del padre partiendo leña y arando
tierras.
Recordaba los juegos entre árboles y matojos, y
recordaba sobre todo la envidia por la bicicleta que nunca tuvo.
Cristóbal sí tenía una, Cristóbal era el hijo del
terrateniente. La bici era roja, esmaltada, brillante en el plato y los
frenos, Alegre en las luces y el sonido del timbre. ¡Mágica!
Nunca pudo subir en ella. Siempre estuvo bajo techo, o
custodiada por Cristóbal o la familia, o los amigos ricos de Cristóbal. Él
era sólo Benito el hijo de Blas.
Hubiera dado su tirachinas, sus gusanos, sus mariposas
y sus saltamontes por que le dejara siquiera tocarla, pero Cristóbal no
jugaba con él.
Ahora, Cristóbal era ya por fortuna para él un anciano
y no subía ya en bicicleta, lo trasladaban en silla de ruedas desde la
casa hacia el jardín, y él vivía ajeno al jardín, a la gente, a todo. Era
la consecuencia de la edad.
Pero él, el fantasma, el hijo de Blas, tenía suerte.
Era, sí, un fantasma, pero eso sí, un fantasma niño.
Se subió por primera vez a la bicicleta y esta chirrió
misteriosa, y cosa curiosa, a Benito no le costó nada que la bicicleta se
desplazara veloz aunque él no tocara ni siquiera (era muy alta) los
pedales.
Mistery
∆
Mi hermana y yo acostumbrábamos a pasar nuestras
vacaciones en casa de los abuelos maternos. Gelli y yo disfrutamos
siempre, hasta que cumplimos los doce años.
Verano. Beo y Aba, así los llamábamos desde la media
lengua de las primeras palabras, habían planeado salir en bicicleta, como
siempre. Cada uno llevaba una nieta en el asiento de atrás. Quiso no sé
qué misterio que la bicicleta de Aba no quisiera andar. Las ruedas
giraban, los pedales también, pero no iba a ningún sitio. Mi hermana me
miró con cara extraña. No dijo nada, pero entendí qué decía. Si no voy yo,
no vas. Sonreí. Me aferré a la cintura del abuelo, que indeciso aún no
hacía andar su bicicleta. Apareció Pablo, mayor que nosotras, con su bici
nueva. La abuela, para consentir a Gelli le pidió que la llevara. Salimos
los cuatro. Mariana me miraba desde la altura que le daba el estar con
Pablo. A mí me pareció que el suelo me atrapaba, tan abajo me sentía. Mi
hermana se soltó el pelo. Me sentí mal con mis trenzas. Cuando intenté
soltarme del abuelo para soltar mi pelo tuve que escuchar lo de siempre.
Regresamos a la tardecita, por la calle de tierra, la
que tiene un techo de árboles siempre verde. Mis lágrimas se escondían en
la camisa del abuelo.
Me casé con Pablo ocho años después. Desde ese día mi hermana no me habla.
Cecilia Ortiz
∆
Sólo un poquito más...
para llenarme de valentía, sólo un poquito más...
para prepararme a dar un gran salto, tal vez pequeño para otros, pero para
mí, no.
Su cálida
voz tranquilizándome, sus firmes manos sosteniéndome.
-Sólo
tienes que dejarte llevar, tener confianza en ti misma... y saber que aquí
estaré yo.
-Tengo miedo... no quiero
hacerme daño.
-Siempre te tienes que
arriesgar, si algo quieres conseguir; la vida está
para saborearla y aprovecharla al máximo, pero siempre con precaución, y
por eso estoy a tu lado.
Una sonrisa, un pedaleo...
y la sensación de seguridad, al saber que ahí está...
bueno, que ahí estaba. Una vuelta, una mirada... ella ya no estaba ahí,
conmigo, se había ido.
Yo conseguí mi objetivo,
pero el viaje que compartíamos, tomó distintos
caminos...
Ella nunca más
estaría ahí, pero siempre permanecería conmigo, en cada viaje... formando
parte de mi destino.
Leyre
∆
Había tenido que suplicar a Cecilio para que me
dejase su bicicleta. Yo hacía casi un año que era novio de Rosa, que vivía
a diez kilómetros de mi pueblo. Nos veíamos todos los domingos, pero
aunque ese día era jueves, me había entrado una querencia enorme y tenía
que verla. Cecilio terminó accediendo a cambio de un paquete de Celtas sin
filtro.
Salí a la hora de la siesta, cuando el sol caía a plomo
y el alquitrán de la carretera se derretía como chicle negro y caliente.
Tenía por delante un puerto de montaña de seiscientos metros, desnudo de
árboles, que exigía pedalear con concentración sin tener en cuenta el
cansancio, el sudor ni el esfuerzo gratuito.
Media hora interminable y me hallaría en la cima. Desde
allí se oteaba a lo lejos el pueblo de Rosa. ¡Qué sorpresa se iba a
llevar!
Descendí la otra ladera a tumba abierta, tocando apenas
los frenos en las curvas más cerradas. Al llegar al valle, me desvié hacia
el río. Quería refrescarme un poco antes de presentarme ante ella. Alcancé
la chopera, dejé apoyada la bici contra un tronco y me acerqué a la
orilla. Me agaché, cogí agua haciendo cuenco con las manos y sumergí la
cara en ellas varias veces. Luego, levanté la vista para disfrutar de la
frescura del paisaje. Allí, a unos metros, en un recodo del río, Rosa
estaba bañándose desnuda con un hombre al que no conocí.
Esther Zorrozua
∆
Siempre asocié los rayos de la bici con los del Sol;
quizás porque me iluminaban la cara de niño cuando pasaba frente a la
vidriera y la veía majestuosa, vestida de rojo fuego.
Mi Madre tironeaba de la manga ya media gris del blanco
guardapolvo para arrancarme de ese ritual que todas las mañanas acunaba mi
mas bella ilusión.
El Colegio está enfrente de lo que para mí era un
santuario donde reinaba la diosa pagana; en los recreos asomado por la
ventana la adoraba a través del río de automóviles que nos separaba.
Avanzaba ya noviembre y escuché que me llamaba, primero
suavemente y luego en tono desesperado, aplasté mi nariz contra el vidrio
y vi lo que tanto había temido, un chico con su padre la estaban
comprando.
Mi mente se puso en rojo, salí corriendo desorbitando y
me zambullí en el río para cruzarlo de una sola brazada. Un bocinazo, el
chirriar de los neumáticos y el blanco se fue apoderando de mí mente
lentamente.
Han pasado seis meses, mi madre ya no me arrastra del
guardapolvo, ahora empuja la silla que también tiene dos ruedas con rayos;
pero estos no iluminan mi cara.
Humberto Botana
ESTE VIAJE ESTUVO ABIERTO HASTA
EL 22.08.2004
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