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AUTORES PUBLICADOS:
- Carmen López León
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Carmen
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Mulas
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- Nita Moreno Paz
- Alejandro Tobar
- María Elena Sancho
- Eduardo de Benito
- Calisto
- Janneth
- Silvia Salto Aguirre
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FOTOGRAFÍA: Pedro M. Martínez Corada (2004)
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De pronto, el recuerdo apareció nítido en mi cabeza,
y comprendí porqué dibujaba compulsivamente caballos.
La feria llegaba a mi ciudad en noviembre, y se instalaba en la Alameda,
cruzando el puente del Real. Mi padre me había llevado de la mano y
decidió montarme en un hermoso caballo negro de largas crines y enhiesta
cola con su lomo de azabache brillando al sol, aunque yo estaba realmente
aterrorizado porque era muy grande y estaba frío, y me mareaba el
constante giro del tiovivo al mismo tiempo que subía y bajaba
rítmicamente. Pero no protesté.
Trataba de seguir con la vista a mi padre que sólo era una borrosa figura
que reía satisfecho a mi paso, como reía toda la gente a su alrededor,
señalando con el dedo; máscaras informes de bocas enormes desencajadas por
la risa, mientras yo me sentía condenado a ser una atracción más en el
parque ferial.
De golpe, supe que el caballo me estaba esperando desde aquel noviembre de
mi infancia, para huir juntos de las falsas coordenadas en las que se
desarrolla mi vida. Que tengo que rescatarlo para no seguir girando ante
la mirada vacía de los otros, de mi familia, que exhibe el rictus de
orgullo ante mi éxito y de los críticos que tanto parecen admirar mis
cuadros, que los analizan, otra vez señalando con el dedo, y se ponen su
máscara de especializado interés hacia mi y hacia mi obra:
-Los impresionantes caballos, los fantásticos caballos,
los esperpénticos caballos, los monstruosos caballos de este jovencísimo
artista.
Omnipresentes caballos, sólo caballos... entre la niebla, bajo las aguas,
rodeados de una vegetación exuberante, remontando la estela de un
relámpago, cruzando laberintos, entre desfiladeros o arrebatados por un
rayo de sol, caballos en mundos nuevos en busca de libertad.
*****************
El feriante se presentó en Comisaría y contó que cuando estaba a punto de
poner las lonas, a eso de la medianoche, se acercó un muchacho, al que no
había visto nunca anteriormente y le pidió que le permitiera montarse sólo
un instante y así, ante sus propios ojos, el caballo y el chico se habían
puesto en movimiento. El agente tomó la declaración preguntándose que
sustancia estupefaciente habría consumido aquel hombre.
*****************
Atravesando el arco gótico de las Torres de los Serranos, entra en la
ciudad un joven montando un hermoso alazán. Las vetustas piedras,
iluminadas por la luna, no se sorprenden, ellas son de un tiempo en el que
existía la magia.
Carmen López León
∆
Tan hermoso,
recorriendo palmo a palmo, serenamente, aquel lado de la orilla el
alazán parecía sonreír, como recordando una vieja canción de amor
cargada de recuerdos. Sus ojos negros brillaban con la luna de
noviembre. Sin jinete, sin bridas, libre, mirándose en el espejo del
agua que corría tranquila en el arroyo... Entonces la vio, justo en la
otra orilla, la yegua castaña más bonita que hubiera conocido nunca.
Saboreó su aroma desde lejos, la miró y la volvió a mirar, deseando
tenerla más cerca, deseando acariciarla y soñó, dormido y despierto,
soñó un sueño imposible.
Le llamaba, ella constantemente le llamaba y él
contestaba. Recorrieron las dos orillas a paso ligero, trotando a
veces, paseando, rozándose sus ojos, reflejándose en el arroyo, espejo
de su amor y su deseo. Atravesaron bosques y cañadas, llanos y
colinas, sin alejarse del agua... de aquel pequeño arroyo que marcaba
su viaje, tan pequeño y que nunca pudieron cruzar.
Mary Carmen
∆
!Déjame que me suba allá donde la libertad
cabalga!
Le pondré nombre de estrella y su piel será mi piel prolongada.
Las venas vibrarán al unísono, y yo, mujer-centaura, no volveré a
pisar más caminos que los caminos de plata de los sueños.
!Cabalga Lucero que la fantasía es nuestra!
Mistery
∆
Lo observé crecer,
pasaba todas las mañanas en mis paseos por la orilla del río, junto a
la finca.
Lo observaba moverse y correr libremente por el campo y
lo imitaba, era un potrillo y yo una niña que me escapaba en cuanto
podía, para conocer el mundo.
El mundo era ese espacio entre el pueblo y el borde de
la finca y el río.
Esa mañana de junio no lo vi y al volver al pueblo
pregunté a tía Ursulina por él.
Me contestó que ya estaba listo para llevarlo al
matadero.
Adriana Serlik
∆
Galope mortal o... muertos por ignorantes.
Mandó sembrar de margaritas con pétalos impares todos
los caminos que separaban la casa de su caballero preferido de su
propia torre. Quería estar segura de que el “me quiere, no me quiere,
me quiere.....” , le favorecería en cada ocasión en que su caballero
consultara al azar sus sentimientos. Sin embargo, al caer cada tarde,
veía a su pretendiente marchar galopando mientras lloraba
desconsoladamente bajo el yelmo y bajo su ventana quedaba un lecho de
pétalos de margaritas rotas.
La educación prudente de ella le impidió dar el primer
paso pero cuando el caballero, frustrado por lo que leía en los
augurios decidió suicidarse lanzándose con su caballo desde la torre
del homenaje, ella apenas tardó unos minutos en tomar el suyo propio,
dar espuelas al blanco corcel y saltar por el mismo hueco vacío,
dejando para siempre su timidez y su secreto entre las baldosas del
patio.
Él nunca supo que ella lo amaba apasionadamente y ella
nunca fue informada de que los zurdos, como su caballero amante, usan
la mano izquierda para empuñar la espada, toman las riendas con la
diestra y al deshojar una margarita empiezan siempre por “no me
quiere.....”
Juan Rincón Ares
∆
Toluca, en México, es un
bello bosque, siempre verde sin importar la estación del año. Los
lugareños alquilan caballos para ganarse la vida, mientras la mayoría
de las mujeres venden comida mexicana típica. La Marquesa, es un sitio
muy hermoso; está situado en la carretera hacia la ciudad. En realidad
es un lugar de recreo familiar muy visitado los fines de semana. Aquel
domingo acudimos a pasar un buen rato.
A mí me gustó una hermosa yegua de pelaje roano, no era
fina, pero tal vez alguno de sus padres sí, pues tenía buena estampa.
Me gustaría decir que yo la escogí a ella, pero para sincerarme, creo
que fue ella quien me escogió a mí. Me miró con sus enormes ojos y
acercó su hocico a mi mano, dulcemente me acarició con sus belfos
restregándolos suavemente. Me conquistó, así que me monté en ella e
inicié mi paseo.
Por la altura en la que se encuentra el lugar, es un
sitio muy frío, al menos lo es para quienes estamos acostumbrados a
vivir en la ciudad, donde las temperaturas son bastante agradables aún
siendo invierno. La yegua parecía conducirse sola. Su paso era suave y
podía disfrutarse de la belleza boscosa del paisaje. Aunque el día era
nublado y el viento frío, el paisaje resultaba totalmente relajante.
Sentir entre mis piernas la fuerza del animal me hacía
sentir segura. La yegua que conocía bien el camino, me llevó hasta un
claro entre el bosque, era una especie de hondonada natural, a lo
lejos se distinguía una laguna. El noble bruto se paró justo al
empezar a abrirse el claro, como esperando que le diera la orden. Lo
hice. Apenas un ligero roce con los talones sobre los ijares y salió
despedida. Mi gorro de invierno quedó tirado en el camino y mis
cabellos se soltaron y danzaron al ritmo del viento, el que sentía en
la cara con una fuerza increíble. El placer que corría por mi sangre
era indescriptible, la soledad tan sólo acompañada por la naturaleza,
el esfuerzo de mi cuerpo por mantenerse sobre el lomo del caballo.
Ese sentir cada parte del cuerpo, como si se
descubriera que se tiene por primera vez. Se olvida el frío para sólo
dar paso a la exquisita sensación de libertad plena; a una comunión
del cuerpo humano con el del animal en estampida. Cuando llegamos a la
laguna, la yegua se acercó a beber y yo me apeé. Al contacto con la
tierra, mis piernas sintieron como la sangre corría por ellas hasta
los pies. Creo que estaba tan agotada como la yegua. Me recosté sobre
la hierba y cerré los ojos. Poco a poco el ritmo de mis latidos se
normalizó y volví a sentir el frío del aire traspasando mi chaqueta.
El regreso fue en calma, apacible, disfrutando la experiencia vivida
pero demasiado excitada aún para repetirla.
Issa Martínez
∆
Desde lo alto de la
grupa la vida se ve de otro modo. A ella le habían nacido sobre una
montura y pocas veces había sentido la necesidad de poner pie en
tierra. Mientras fue pequeña, una yegua torda fue a un tiempo su
padre, su madre, su mesa y su lecho.
Ahora que se había convertido en mujer, vivía
encaramada sobre un caballo alazán. Esta vez no iba a ser suficiente
con cruzar la pradera al galope. Tendría que trepar por la cordillera
arriba y descender hacia el otro lado, a la región de los rápidos,
donde habitaban las zahoríes de las cuevas de sal. Ellas le
extirparían sin riesgo el pecho sobrante. La herida cicatrizaría en
pocas lunas con ayuda del peyote y jamás volvería a tener problemas
para colocarse el carcaj. En adelante, sería una más en el ejército de
intrépidas amazonas de su tribu y lucharía junto a los hombres para
defender su territorio.
Desde la montura de un caballo el mundo se ve más
grande y los sueños más cerca.
Esther Zorrozua
∆
GALOPE
La llanura, bajo el último sol,
era casi abstracta,
como vista en un sueño.
J. L. Borges
Abro los ojos, todo es borroso. Seco mis lágrimas. Veo
el alazán, galopa hacia el oeste, las crines brillantes; el polvo sube
por la espalda de mi hombre que se aleja. Recostada en el poncho, aún
tibio, miro cómo la luz amarillenta derrama claridad sobre las
montañas, lejos, delante del caballo que ya no puedo ver.
Me acerco al río, el agua es fresca, mi cuerpo tirita
mientras se moja. No puedo mover las manos, que quietas, se resisten a
olvidar el abrazo (decidimos que fuera el último), me sumerjo con
deseos de no salir. El llanto desbarata el intento. Salgo del agua, me
visto con desgano; ya aparecieron las primeras estrellas y la noche es
clara.
Mi zaino se arrima, conoce los hábitos, con su cabeza
indica qué debo hacer. Lo acaricio antes de montar. Distante, la luz
de mi casa se insinúa en las ventanas. Me esperan, lástima, no tengo
ganas de hablar. Estarán sentados alrededor de la mesa. No tengo
hambre. Siento frío, el viento sacude mi ropa y entre las telas
húmedas murmuro un llanto, contengo lágrimas, aprieto los puños. La
luna presiente mi estado de ánimo y se oculta. Me abrazo al cuello del
animal, él fue testigo de los encuentros furtivos. El silencio palpita
en el campo, mi corazón se detiene. Unos ladridos anuncian que llegué.
La puerta se abre y esa silueta oscura, que no quiero ver, aparece en
la galería. Los perros aparecen detrás, colas quietas, orejas caídas.
La voz ronca me acusa, amenaza. El zaino se inquieta, gira despacio.
La tranquera está abierta. Grito.
Mi caballo galopa veloz, sabe que el alazán es rápido.
Cecilia Ortiz
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Pegasso.
Mi caballo es mi mágica aventura.
Es el sendero calido que nunca me depara una amargura.
Cuando viajo con él a contrapelo, siento que estoy volando, que todo
es bueno.
Cabalgo por llanuras y espacios coloridos, en donde son
hermanos, hasta los forajidos.
Y cuento las estrellas y los árboles, esperando llegar
a un buen camino.
Mi caballo es mi aliado y compañero, es dentro de todo
un mágico universo, a quien más quiero.
Mi caballo me lleva y me acompaña, a los mares
profundos, a escarpadas montañas.
Puedo trotar con él cantando mis canciones, y remontar
el vuelo rebasando, la luna; varias constelaciones.
Mi caballo, me escucha, mi caballo, me espera, soy con
el una sola, mi Pegasso, mi Estrella.
Aida Z.Pierce
∆
LAS TRIBULACIONES DE QUIRÓN
Condenados estamos inseparable compañero, a
cabalgar juntos por toda una eternidad, y esa rayana inmisericordia
que con nosotros practican los dioses merece ser enjugada con algo más
que mutuas desatenciones y continuos reproches. Yo soy jinete y tu
caballo, pero, y ambos lo sabemos, bien pudiera ser también lo
contrario; y es por ello que entiendo que no debemos desoírnos con tan
pertinaz insistencia. Y hoy tengo algo importante que reprocharte,
vital diría, y te lo hago, y me gustaría que me prestases, en la
medida en que tu capacidad de discernimiento te lo permita, la debida
atención; porque has de saber cuanto antes que tus viciosos ojos de
lascivo caballo, van incendiando sin compasión, y para mayor
desvergüenza, ningún recato, las etéreas ninfas de los hermosos
atardeceres, despojándolas en rojas llamaradas de lujuria de la menor
brizna ternura, y con ella de ese dulce consuelo del que tan
necesitados estamos.
Verdad es que nosotros, tú y yo, no somos ni hombre ni
tampoco caballo, pese a ser insigne el caballero y también insigne la
bestia, y es que como todo lo creado, somos capricho de un orden tan
odioso que, nos equilibra sin entendimiento para sentir y disentir a
su vez de lo sentido inundándonos de contradicción; y tan malvado a la
vez que no duda en señalarnos con la cruz de la más pérfida de las
indiferencias, es decir, que somos, pero que bien pudiéramos no ser y
todo sería igual, y ese amargo pesar aqueja por igual a hombres y
caballos, haciéndonos aún, si cabe, más terribles en las razones y en
las coces.
Y hoy, ahora, como ayer y como siempre cabalgamos ambos
en el ambo que es el anverso y reverso de este mismo ser, por este
desolado campo embebidos uno en los arcanos del saber y el otro en los
lúbricos salmos de la carne. Y bien quisiera decir que yo soy tú y que
tú eres yo, pero no alcanzo a distinguir después de tantos años de
confusa cabalgadura, quién con más contumacia sostiene a la bestia y
quien con más juicio a la razón, quizá seamos a la postre dos
bestiales razones al servicio de ese error que nos unió en esta dual y
orgullosa anatomía de tan dispares voluntades.
Pero dejémonos de estériles diatribas que ya oigo en
los lindes de la fronda los ligeros pasos del aplicado Aquiles,
buscando sin duda humanas enseñanzas y no equinas controversias.
José Romero P. Seguín
∆
Al principio pensé que
aquello, era solamente una ilusión o un sueño en la mente de papá, eso
de que cabalgaba de pueblo en pueblo con la esperanza de poder vender
la mercancía, definitivamente no se me hacia para él...
-Iba de Yajalon a Tila, de Tila a Potiojá, de Potioja a
Salto de Agua -decía mi padre- cabalgaba dos o tres horas seguidas...
-repetía como en sueños y yo, sólo me atrevía a esbozar una tímida
sonrisa- blanco, de gran alzada, con un lucero pardo en la frente, las
crines largas y la cola casi rozando el suelo, mis pernas sujetas a
los estribos, mis talones hincados en los ijares... ni en las mejores
películas de charros y bandidos de mi pueblo.
Y entonces miraba a mi padre recluido en aquella silla
de ruedas, enjuto y diminuto, tenedor de libros en la biblioteca donde
se había refugiado y el único sitio en donde yo podía ubicarlo. Tantos
libros leídos, tantas historias pasadas por su mente.
Murió papá, como único hijo, se me permitió sacar las
pocas pertenencias del cuartito en el que había vivido, una
amarillenta fotografía en mis manos un hombre gallardo y altivo, la
presencia de charro, los pantalones pegados a las piernas,
efectivamente el caballo era blanco, de gran alzada, con las crines
largas y la cola casi rozando el suelo; sin embargo, como no alcanzo a
mirar el lucero pardo en la frente sigo pensando que aquello no es más
que un vulgar fotomontaje.
Yajalon
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Los álamos bailan,
secundados por la bandada de pájaros, ora flecha, ora boomerang del
cielo. Desde el autocar los veo mecerse en el lienzo perla. Todo está
blanquecino menos los pájaros y los álamos que se bambolean con el
viento. En el viaje llegan los momentos. Instantes pasados, sonrisas
que fueron, besos que se ofrecieron. Ya hace años que no voy a la
cueva, un entrante entre farallones azotados por el sol. Era un
secreto. Subíamos en zigzag la roca desnuda. A medio camino parábamos
para recuperar el resuello y distinguir la silueta de un gallo en la
encina, las jorobas del camello o la redonda naranja de la montaña.
Cuando llegábamos a la pequeña gruta, observábamos paralizados las
siluetas de los caballos. Unos cuantos trazos hacían volar nuestros
desbocados corazones, que galopaban frenéticos de cansancio y emoción.
Eran tres figuras de curvas y líneas, incongruentes en la árida
piedra, tres dibujos blancos que cabalgaban con el viento alborotando
sus crines. Era un misterio. El primer beso llegó fugaz como trote
rápido de alazán. El segundo fue la parada de una yegua zahína
esperando al macho. Los que siguieron fueron carreras de caballos
salvajes a la luz blanca de la luna. Recuerdo aquellos tótem
prehistóricos. Desde entonces, mi corazón no ha vuelto a viajar a
lomos de un caballo. Y me acuerdo que era vertiginoso, fuerte y dulce,
como suelen ser los primeros besos.
María Antonia Moreno Mulas
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Marismas, espacio libre
por donde tantas veces galopé sobre mi caballo, sintiendo la
embriaguez de la libertad, pero hoy sólo encuentro desolación. No
podría caminar por este barro sin manchar mis tacones, sin tropezar
con algún hierro mohoso.
¿Adónde fue la belleza de las marismas? Ya no quedan
sino barracones de metal, herrumbre, hongos, fábricas destartaladas,
naves comerciales, rechinar de hierro, trenes mugrientos de
mercancías, ruido, basura, sirenas estridentes y humo, mucho humo... y
ni un solo pájaro, ni una sola gaviota, pero sí mosquitos, miles de
mosquitos.
Me veo cabalgando en mi noble caballo por aquellas
inmensas marismas el día en que vimos una gran serpiente en el camino.
Mi caballo se asustó más que yo, y lanzando un relincho de terror
formó un dúo con mi grito histérico.
A pesar del terror que me infunden esos bichos, tuve
tiempo de recordar el consejo de mi padre. Sostuve firmemente la brida
y conduje al caballo hasta el fango, y allí, el caballo sudoroso, no
tuvo más remedio que serenarse. Entonces lo acaricié: “Lucero, Lucero,
no pasa nada”.
Volvió a relinchar, pero esta vez, contento y
agradecido.
María del Carmen Guzmán
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Al compás de su suave
trote, Moreno y yo, recorríamos aquel verde campo iluminado apenas por
una luna llena y un cielo estrellado. Una suave música grabada en mis
recuerdos me acompañaba en aquel baile majestuoso compartido entre
ambos.
De pronto nos detuvimos, y recostándome sobre su lomo
me abracé a su cuello expresando aquel sentimiento que unía a dos
especies totalmente distintas o tal vez iguales...
En ese instante, le crecieron alas para volar tan alto
y por un tiempo olvidarnos juntos la crueldad del mundo en que nos
tocó vivir.
Nita Moreno Paz
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Yo, que soy más perdedor
que Henry Chinaski pero que jamás pierdo el sentido de la orientación,
no gusto de montar caballos -a no ser que sean percherones y pueda
llevarlos engañados, pero eso no suele suceder- sino que soy más bien
proclive, y mucho, a montar animales que en cierto modo se pueden
calificar de similares a la pura raza equina pero a un nivel un tanto
inferior (digamos por ejemplo que el caballo sería el monarca y mis
animales los vasallos, quizá los bufones). Así es que el último viaje
realizado, apenas hace veinticuatro horas, fue montado en un burro,
cual Sancho Panza.
Elegir mi medio de transporte no fue sencillo. Hubo una
dura disputa entre un camello, un dromedario y una mula por hacerse
cargo de mí. Casi me había convencido el camello, ya que con la oferta
regalaba unos masajes terapéuticos muy apetecibles, cuando hizo su
aparición el burro, que ahora es mi vehículo de transporte, mi guía
turístico y queda poco para que se haga mi guía espiritual –no se hace
idea el lector de cuantísimo puede un burro hablar y hacer hablar a su
interlocutor cuando uno no va acompañado-. El burro, que se llama
Paleto, no me convenció tanto a mí para escogerle como a los otros
candidatos para que no me molestaran (creo que es un burro mafioso).
Sea como fuere, el caso es que ayer me recorrí uno de
los senderos de la sierra de O Courel, en el linde entre Galicia y
León, en la provincia de Lugo. Había que ver a los caminantes (porque
es una ruta trazada eminentemente para andadores, no para ciclistas ni
jinetes) mirarnos con los ojos fuera de sus órbitas cada vez que
Paleto y un servidor les adelantábamos. Y es que Paleto es un burro
muy presumido, y lo demuestra el hecho de que iba siempre a paso
ligero excepto cuando alguien miraba o cabía la posibilidad de que
mirase, momento en que Paleto se lanzaba a galopar como si de un ágil
caballo de carreras del hipódromo de Madrid se tratara.
En los carteles indicaba que la ruta al completo, ida
por un lado de la cumbre y vuelta por el otro, promediaba un tiempo de
una hora y tres cuartos para un caminante normal; Paleto y yo no
perdimos más de una hora. Todo un récord.
En adelante Paleto estará el primero de mi lista para
cuando de llamar a vehículos se trate. Eso sí, siempre que se
recupere... pues está baldado después de la ruta de ayer. He de
confesar que Paleto está un poco pasado de peso pero, con eso de que
es mafioso, cualquiera llama a otro animal antes que a él...
Alejandro Tobar
∆
Llegó el día en el cual
tuve la urgencia de galopar en mi caballo y los dos juntos salimos a
recorrer los caminos de la vida; pasamos por llanos, montañas, ríos,
zonas áridas, sufriendo las mismas desdichas y felicidades pero nadie
pudo quitarnos ese viento pegándonos en la cara ni la sensación de
libertad.
Recorrimos mucho y también envejecimos pero siempre
unidos mi caballo y yo: es como si habláramos uno con el otro sabiendo
cuando partir y cuando regresar. Sin prisas ni temores los dos
continuaremos viajando por los caminos ya recorridos y haciendo
caminos para los que vengan detrás.
María Elena Sancho
∆
Recorrió con la lengua
sus labios demorándose con deleite al sentir el dulzor del azúcar.
Hacía ya mucho que Dereck no probaba el estimulante producto y aquel
casi olvidado sabor le llenaba de placer. Inmediatamente se sintió
invadido por el remordimiento. Podía no ser ya el top model masculino
más envidiado de América, pero tenía que seguir siendo un hermoso
ejemplar si quería recuperar el cetro perdido. Derek cuidaba su
imagen, la mimaba con delectación, la construía día a día, para
mantener aquella apariencia de personaje de novela femenina, ancho de
hombros, tórax musculoso, fina cintura y apretadas nalgas que tanto
gustaban a las mujeres, y que eran la base de su éxito.
Angélica le puso el bocado, saltó sobre él y dándole
una palmada en el cuello, dijo,"vamos, Dereck, hagamos un pequeño
viaje". Piafando de alegría el potro saltó al frente excitado por la
caricia de la hembra.
Eduardo de Benito
∆
Los resabios de aquel
caballo me impedían viajar cómodamente, por lo que finalmente opté por
cambiarlo por un jaguar.
Eso sí, con 16 válvulas.
Calisto
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La vida es una carrera,
a veces corta a veces larga;
a veces dulce, a veces amarga,
somos los jinetes de la vida,
o la vida es el jinete;
jinete que nos lleva por
el camino de las rosas a sapiencia de las espinas,
no detengas tu galopar
ni antes, ni después,
sino cuando encuentres la felicidad
en el momento y en el lugar.
Janneth
∆
Hacía demasiado calor en
el pueblo y Miguelito decidió ir al campo, a la estancia de sus
padres.
Y allá fuimos, manejando sin permiso el viejo Chevrolet
hasta las afueras de La Carlota.
Como invitada me dejaba llevar, mi primo con sus trece
y yo con mis doce, el río Cuarto e infinidad de caballos esperándonos.
Era salvaje Miguelito; rubio, pelo corto al ras,
parecido a Paul Newman y petiso como su padre.
Se cagaba de risa de todo, y yo, como invitada, me
dejaba llevar.
Llegamos envueltos en polvo seco y olor a pasto
quemado.
Miguelito eligió para él un tordillo astuto y cabrón y
para mi una yegua panzona con melena eterna.
Se llamaba Cumparsita , en honor al tango, y era
mansita, enorme y como yo era la invitada me dejé llevar.
Y allí fuimos, a explorar ese mundo de eucaliptos y
pastizales, alambres caídos y pampa interminable.
Miguelito hacía bromas, yo confiaba cada vez mas en mi
alegría .Todo era simple y perfecto.
En un momento, Miguel se detiene bajo una arboleda.
Se para en la montura (muy salvaje para una chica de
ciudad) estira los brazos y se balancea colgándose de una rama. El
tordillo quieto. El sol quemando, repite la gracia varias veces, se
ríe como un condenado y yo
a la par.
Una vuelta por la costa del río, el puente viejo desde
donde todos los carnavales se tiraba Luis en un rito popular, y el
olor a sudor de los caballos.
La Cumparsita y el tordillo, Miguelito y yo.
El regreso en el Chevrolet y mi corazón a mil.
Fui la invitada y me dejé llevar.
Silvia Salto Aguirre
∆
Este viaje estuvo en línea
hasta el día 22.01.2005
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