|
Cuéntanos un viaje en... |
|
|
AUTORES PUBLICADOS: ____________
|
![]() FOTOGRAFÍA: Diego Martínez Carulla © 2004
Llovía como llueve en mi ciudad, corriendo el
riesgo de anegarlo todo. Tomé un taxi tras acudir a aquella cita que me
había exigido imperiosamente, incapaz de soportar otra noche insomne. [1] De Ch. Baudelaire .- Pequeños poemas en prosa. El desesperado claxon de un Chevrolet guayín del 53 pretendió alertar la distraída atención del taxista no revolucionario. La aparente neutralidad de su discurso había invadido dos carriles en el descenso del Malecón de La Habana. Todo comenzó con un: "Les diré que yo no soy revolucionario". Dieciséis cuadras y tres minutos más tarde metamorfoseaba su palabreo interpretando en olvidadizos aplausos, alejados del volante, el grito jubiloso del pueblo cubano:"¡Fidel, Fidel! ¡Sí, la gente le aplaude y corre para verle... incluso aquellos que se jactan de no ser revolucionarios! ¡Les diré que admiro los cojones de ese...!" El impotente aviso frenó bruscamente el elogio de la frase. Bajo la lluvia de un Malecón mojado, Fulgencio, regresó a la realidad que planteaba su leve accidente habanero. Bajo la lluvia, observé los desperfectos causados por la distraída admiración de un hombre que decía no ser revolucionario.
Un taxi me llevo al rencuentro.
Muchos fueron los años que pasaron desde que nuestras risas se
mezclaban con láminas de dibujos,
ecuaciones y preparación de exámenes.
Mucho tiempo había pasado de aquellos momentos en que me reflejaba en
tus ojos y flotaba en una nube tan sólo por ser
tu amiga, por sentir que me necesitabas aunque
sea para definir los contornos de un dibujo. No
sé lo que fui para ti. Sé
lo que sos para mí, ese
sueño de joven que no se cumplió.
Era de noche. Miré mi reloj. Las once y media.
Llegaría tarde al club social, precisamente hoy que se organizaba la
gala de inauguración de la nueva sala de ocio. Y mi chofer en huelga.
Esto no va a traer nada bueno. De Gaulle debería ser menos
transigente... Ahí está mi taxi. ¡Sí que ha tardado! Pues mi
urbanización no está tan lejos.
Graciela siempre había sentido cierta prevención
por los taxis. En su familia habían crecido con algunas carencias,
"con lo necesario, pero sin lujos", le gustaba decir a su padre, un
hombre austero y recto como pocos. Uno de los lujos más ostentosos
era, en su opinión, subir a un taxi. "Es el recurso de los
desorganizados", argumentaba. "Si calculas bien el tiempo que
necesitas para trasladarte de un lugar a otro, jamás necesitarás tomar
un taxi".
Llovía a cántaros. Entré por una puerta y ella
por la otra, los dos nos miramos, dijimos el mismo destino, el
conductor arrancó sin preguntar nada más y nos vimos obligados a
compartir el viaje. Nervioso, pensé que no era bueno compartir el
mismo vehículo con alguien que no conoces, a mi edad, soy mayor, todo
te da pánico. Mi cabeza iba por senderitos arriesgados, era bonita la
joven. Recordé que a mi hermano le habían robado la billetera en una
situación similar. Me puse muy nervioso, cambié de actitud, me senté
cerca de la puerta, el taxi giró de golpe y ella se precipitó sobre
mí. El conductor explicó que había un desvío y tenía que continuar el
viaje por la autopista. Me resultaba extraño que ella no hubiera dicho
nada, pero yo tampoco lo había hecho. Y allí estaba yo mascullando
pensamientos.
Al desembarcar, ya de noche, tomé un taxi. El
taxista me ayudó a meter la maleta en el maletero. Pensé en mí misma,
y me comparé a aquella maleta. Estaba llena. Llena de sensaciones que
sólo suelo tener cuando hago este mismo viaje año tras año. El
trayecto, nervios, olores, el cambio en el acento y la actitud de las
gentes… El haber ido en cubierta casi todo el tiempo me había dejado
un aroma a salitre en la ropa y el pelo. Mi estómago se resentía,
tanto por el vacío de no haber probado bocado en largas horas como por
la llegada, por la inquietud. El interior del taxi, olía a cuero y a
ambientador. Desde dentro me quedé mirando a través del cristal. La
noche, las luces del puerto, la gente abrazándose…, sentí cómo el
vello se me erizaba…, no oí al taxista… LA CARRERA
Salía como siempre, a las cinco en punto de la
tarde de mi turno de trabajadora de la Zona Franca, donde todo el
santo día coloco botones a unas camisas de marca extranjera que
después aparecen vendiéndose en el Mercado Oriental. De regreso...
En España los taxis son un servicio publico y no
se puede decir siempre que un taxista sea una persona humilde. De
hecho, algunos son arrogantes. Una vez en Valencia recuerdo que,
recién llegado de Frankfurt, me subí a un taxi y traté de cruzar unas
cuantas palabras sobre la guerra de Irak con el taxista. Me encanta
hablar con los taxistas, -pensaba- siempre tienen algo interesante que
decir. Este me miró por el retrovisor, se percató de mi acento
sudamericano y balbució desganadamente algo como respuesta. ¡Uy, me
dije, vaya tipo! Qué pena, ya habrá oportunidad de hablar castellano
con mis amigos, estaba ansioso por hacerlo. El taxi iba silencioso y
parecía la sala de un aeropuerto alemán. Me bajé y le dije que se
quedara con el cambio, que ni agradeció, me parece que lo tomó como
una pequeña afrenta... pero ni modo, -pensé- no voy a dejar de ser
amable por una persona así, habrán otros que sí lo agradecerían. Esperanzas grises La noche me abrazó a las puertas del viejo taxi, cuando todas las vidrieras escurrían nostalgia y los flemáticos faroles encandilaban tu recuerdo. Todo lo que tenía era aquella maleta, y algunos años perdidos entre esperanzas grises. Cuando el taxista cerró la puerta concluyó nuestra historia y comenzó mi viaje con destino al olvido.
Estábamos allí, en la quinta avenida y Madison...
donde un taxi amarillo, los de la ciudad, nos recordó que debíamos de
cumplir esa promesa...
Ahí estaba yo, pensando y divagando acerca de
aquel viaje que tanto necesitaba, pero que nunca me decidía a hacer.
¿Lo haría sola o acompañada? Y en tal caso ¿de quién? También debía
pensar en un destino, quería cambiar de aires, abandonar la isla
durante unos días... o semanas.
Siempre acudía a verle en autobús, era más barato
y menos ostentoso. Pero aquel julio de oleada de calor, las calles
convertidas en fuegos apenas extinguidos, las ropas moldeando los
cuerpos de los transeúntes y la brisa fresca huída, quién sabe si más
allá de las montañas, marqué el 923 25 00 00.
“! Para, arranca,
pita, corre más! ”. ¡Por si las moscas!
|
|
Este viaje estuvo abierto hasta el 12 de junio de 2004
"Cuéntanos
un viaje en...", es una sección
ideada y coordinada por Carmen López León
(http://mural.uv.es/carlole/)
_________________________________________
Página principal / Literatura / Fotografía / Música / Pintura / ¿Cómo publicar en Almiar?